Más inteligencia artificial, ¿más democracia?

Cada vez que aparece una tecnología capaz de transformar muchas actividades, solemos hablar de sus efectos en singular: la sociedad cambia, el gobierno se moderniza, la ciudadanía se adapta. Sin embargo, en una democracia no importa únicamente qué puede hacer una nueva herramienta. También importa quién la creó, con qué motivo, qué información usa, quién puede comprenderla, utilizarla e intervenir en las decisiones que se toman con su apoyo.

La inteligencia artificial puede modificar la forma en que las instituciones procesan la información, prestan servicios y se comunican con la ciudadanía. Pero no llega a una sociedad uniforme ni a una democracia que funcione por un solo canal. Conviven oficinas digitalizadas con otras que combinan expedientes impresos y atención presencial, así como comunidades en las que la radio, las asambleas y las relaciones directas siguen siendo fundamentales.

No se trata de una transición en la que lo nuevo sustituye a lo anterior. Las tecnologías se acumulan y se conectan.Como ocurrió con la electricidad, las computadoras o internet, su transformación depende de infraestructura, aprendizaje y adaptación institucional. Una herramienta de inteligencia artificial puede organizar la información de una asamblea; una radio comunitaria puede difundir una consulta digital; y una oficina pública puede automatizar tareas sin abandonar la atención personal. Participar no significa hacerlo de la misma manera. El reto es conectar esas experiencias con instituciones capaces de escuchar, responder y explicar sus decisiones.

Antes de llegar a una oficina pública o a un proceso de participación, toda herramienta de inteligencia artificial fue construida con una orientación determinada. Alguien definió qué problema resolvería, con qué información trabajaría y qué resultado sería satisfactorio. Una aplicación puede diseñarse para reducir costos; otra, para traducir información, explicar decisiones o facilitar una consulta. Aquello que una institución espera obtener influirá en lo que el sistema prioriza.

Esta diferencia importa especialmente en el gobierno. La inteligencia artificial puede procesar documentos, responder solicitudes y agilizar trámites. Un gobierno lento también aleja a la ciudadanía y puede convertir el ejercicio de un derecho en un recorrido interminable.

Sin embargo, una administración más eficiente no es automáticamente una democracia más fuerte. Un trámite puede resolverse en segundos y seguir siendo incomprensible. Una decisión puede apoyarse en grandes cantidades de datos sin que las personas sepan cómo fueron interpretados. Una consulta puede recopilar miles de opiniones sin mostrar que hayan influido en el resultado.

La capacidad administrativa y la capacidad democrática pueden reforzarse, pero no son lo mismo. La primera permite que las instituciones hagan más y respondan mejor. La segunda permite que las personas comprendan lo que hacen, intervengan en sus decisiones y exijan explicaciones.

Precisamente porque la inteligencia artificial puede organizar información a una escala antes difícil, también puede orientarse hacia objetivos democráticos más amplios. Muchas democracias enfrentan límites: la participación suele concentrarse en elecciones periódicas, numerosas decisiones se preparan en espacios poco accesibles y las instituciones no siempre pueden revisar todas las aportaciones que reciben.

Las tecnologías digitales pueden conectar consultas, asambleas, jurados ciudadanos y deliberaciones locales con procesos políticos más amplios. Pueden organizar propuestas y reducir la distancia entre ciudadanía e instituciones. No tendrían que sustituir la conversación política, sino permitir que más conversaciones se encuentren y sean atendidas.

La inteligencia artificial podría ampliar estas posibilidades al traducir documentos, explicar asuntos complejos con un lenguaje accesible, ordenar propuestas y hacer visibles tanto las preocupaciones compartidas como los desacuerdos. Su promesa democrática no consiste en que una máquina decida mejor que la ciudadanía, sino en que más personas puedan acercarse a decisiones demasiado técnicas o lejanas.

Pero abrir un canal no basta. Recibir más aportaciones tampoco garantiza que tengan consecuencias. Por eso, medir una herramienta pública únicamente por su rapidez, precisión o número de usuarios resulta insuficiente. También debemos preguntarnos qué cambia para la ciudadanía.

¿Ayuda a comprender? ¿Vuelve más claras la información y las decisiones públicas, o añade una capa técnica que pocas personas saben interpretar? ¿Permite participar? ¿Abre oportunidades reales para intervenir o solo facilita que la institución recopile más datos y respuestas?

Incluso participar puede quedarse corto si las aportaciones desaparecen dentro del proceso. Por eso también importa preguntar: ¿permite influir? ¿Existe una relación visible entre lo que expresa la ciudadanía y la decisión adoptada? Y, cuando el resultado es incorrecto o difícil de entender, ¿permite exigir cuentas? ¿Puede cuestionarse, revisarse y corregirse, y es posible saber qué institución conserva la responsabilidad?

Estas cuatro preguntas forman parte de una misma relación democrática. Es difícil intervenir en una decisión que no se comprende; participar pierde sentido cuando no existe la posibilidad de influir; y la influencia se vuelve opaca cuando nadie puede explicar cómo se llegó al resultado. Una tecnología no se vuelve democrática solo porque más personas accedan a ella, sino cuando ese acceso fortalece su posición frente a las decisiones públicas.

Esa ampliación tampoco debería depender de una sola plataforma. La atención presencial, el papel, la radio, las asambleas y las organizaciones comunitarias pueden convivir con los sistemas digitales. Innovar no siempre significa reemplazar una práctica anterior. A veces significa conectar mejor distintas formas de participar.

La inteligencia artificial puede hacer más rápida y capaz a una administración, y eso ya sería una contribución importante. Pero su valor democrático comienza cuando también amplía la capacidad de las personas para comprender, participar, influir y exigir explicaciones.

La pregunta no es cuánta inteligencia artificial puede incorporar una democracia, sino cuánto poder democrático puede ampliar mediante ella.

Joshua Fernández

Compartir:

Artículos relacionados

Dislates jarochos

Rocío Nahle defiende su permanencia en Veracruz hasta 2030, mientras oposición impugna reforma de revocación; se activa fondo ambiental contra

Leer más ›