Primero, vive. Luego, escribe.

Estos días viajo con amigos; mis amigos. A los que más quiero y con los que más me divierto.

Nuestra relación es de las más sanas que conozco porque, paradójicamente, siempre hemos introducido el insulto en nuestras conversaciones. Sabemos reirnos de nosotros mismos y hablamos de nuestros complejos a tumba abierta.

Aparte, mantenemos el listón muy alto en todas nuestras interacciones; no se te ocurra decir una palabra mal o inventarte un dato porque enseguida alguien te va a llamar la atención.

— Eso es un águila — ¡No inventes!

Son los mejores amigos que uno pueda imaginar y estoy eternamente agradecido de que la vida nos haya puesto a todos en el mismo camino.


Este está siendo un buen verano para mí; he logrado desconectar de Madrid y estoy descansando.

Septiembre se atisba ya implacable y ya tengo bastantes compromisos en la agenda.

Los veranos de cuando éramos pequeños no son mejores que los de ahora porque los veranos de cuando éramos pequeños ya se fueron. Los podemos añorar pero es casi una obligación intentar que cada verano sea el mejor de nuestras vidas.

Anclarse en el pasado y regodearse en la nostalgia no sirve de nada.

Nada me produce más sopor que frases del tipo “éramos felices y no lo sabíamos” o “nosotros sí que sabíamos divertirnos de pequeños”.

Siempre hay que mirar hacia delante.


Ayer fui feliz en un velero. Puedo decir la hora incluso: eran las 12:30 del mediodía. Sonaba “In my life” de The Beatles y tenía una cerveza en mi mano. Miré al cielo y todo —absolutamente todo— estaba bien.

Pero he mentido: no fui feliz. Estuve feliz. Nadie es feliz; vivimos momentos fugazmente felices pero en la felicidad no se ”es”.

En la felicidad, se está.

Si no eres feliz hoy, puede que lo seas mañana. Verás como sí.


Ayer perfilé una idea para una posible siguiente novela en uno de los sitios más bonitos en los que he estado en mi vida.

Era un muelle bajo el que reposaba el agua más turquesa que existe.

Ya la venía barruntando desde Madrid pero, de repente, con la ayuda de mi amiga Marta —gracias, rubia—, vi la luz.

Pero para eso aún queda mucho tiempo.

Ahora, tengo que vivir.

                                                                                                                                 - Jaime Rodríguez

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