Ellos te eligen a ti

Hay momentos que cambian nuestra vida y muchas veces ni siquiera sabemos que están por suceder.

Hace casi quince días salí a hacer deporte era un día hermoso. Tenía mi agenda, mis pendientes, compromisos para los siguientes días y muchas cosas en la cabeza.

En cuestión de segundos todo cambió.

Un mal movimiento, una caída y una fractura que me obligó a detenerme.

Y estos días he pensado mucho en eso.

He estado triste, claro, pero sobre todo he estado enojada.

Me enoja no poder caminar como antes, depender de alguien para ciertas cosas, tener que pensar cómo voy a llegar a un lugar, si podré subir unas escaleras o cuánto tendré que caminar. Me enoja haber tenido que cambiar planes que ya estaban hechos y, sobre todo, me desespera no poder decidir simplemente levantarme e ir a donde quiero.

Puede parecer algo menor hasta que no puedes hacerlo.

Y creo que eso es precisamente lo que más me ha movido.

Antes de este accidente nunca me levantaba por la mañana pensando: qué maravilla poder caminar.

Simplemente caminaba.

Como hacemos con tantas cosas.

Damos por hecho que mañana podremos hacer lo mismo que hicimos hoy. Que estarán las mismas personas, que tendremos las mismas posibilidades, que podremos seguir con nuestros planes.

Hasta que algo cambia.

A veces para bien y otras veces no.

Y no necesariamente tiene que ser algo enorme. Hay momentos que duran apenas unos segundos y terminan cambiando semanas, años o incluso una vida entera.

Una llamada que no esperábamos. Una noticia. Una persona que conocemos por casualidad. Una oportunidad. Una despedida. Una decisión.

O una caída mientras hacemos deporte.

Y entonces entendemos que, por más que planeemos, hay una parte de la vida que sencillamente no controlamos.

Confieso que eso me cuesta.

Me gusta hacer, resolver, estar presente, cumplir mis compromisos, participar, moverme. Por eso tener que parar cuando yo no decidí hacerlo me ha resultado especialmente difícil.

Y no quiero caer en aquello de que “todo pasa por algo”.

No sé si todo pasa por algo.

Tampoco sé todavía cuál será la gran enseñanza de este accidente, si es que tiene que haber alguna.

Lo que sí sé es lo que estoy sintiendo ahora.

Estoy aprendiendo a valorar algo tan sencillo como caminar. A tener paciencia, aunque no siempre la tenga. Y también a mirar de otra manera a las personas que forman parte de mi vida.

Porque los momentos difíciles tienen algo particular: hacen muy evidente quién está. Y también quién no está.

No lo digo desde el reproche. Quizá más desde la sorpresa.

A lo largo de la vida conocemos a muchísimas personas. Compartimos proyectos, trabajos, causas, reuniones, celebraciones, conversaciones. Construimos afectos y creemos haber construido también cercanías.

Pero cuando de pronto te detienes, el ruido alrededor disminuye.

Y entonces algunas ausencias se sienten.

Personas de quienes quizá esperabas una llamada, un mensaje, una pregunta sencilla: “¿Cómo estás?”

Y no llega.

Al principio me sorprendió. Después me dolió un poco. Y finalmente entendí que también eso forma parte de estos momentos que no elegimos: además de detenernos, a veces nos ayudan a mirar con mayor claridad nuestras relaciones.

Y en medio de esas ausencias también aparece, con mucha más fuerza, la presencia.

La de quienes llaman.
La de quienes preguntan.
La de quienes se preocupan de verdad.

Y, sobre todas ellas, la de Adrián, mi esposo.

Él ha estado ahí siempre, pero estos días su presencia ha significado todavía más. Ha estado para ayudarme, acompañarme, resolver conmigo lo cotidiano y soportar también mis momentos de frustración y enojo.

Sin condiciones. Sin hacer ruido. Simplemente estando.

Y entonces entendí algo que quizá había olvidado: en la vida importa mucho quién camina contigo, pero quizá importa todavía más descubrir quién permanece a tu lado cuando tú, por un tiempo, no puedes caminar.

Las ausencias me han sorprendido.

Pero las presencias me han recordado dónde está lo verdaderamente importante.

Y también he entendido que puedo estar profundamente agradecida por quienes están y, al mismo tiempo, seguir enojada por lo que me está pasando.

Una cosa no cancela la otra.

Tal vez dentro de unos meses todo esto sea solamente una anécdota. Volveré a caminar normalmente, regresaré a mis actividades y seguramente volveré a llenar mi agenda como siempre.

Pero quiero pensar que algo de estos días se quedará conmigo.

Quiero acordarme de lo que se siente extrañar algo que antes parecía tan simple.

Porque hoy es caminar, pero mañana podría ser cualquier otra cosa.

Una persona
Una conversación.
Una oportunidad.
Un abrazo.

Un día cualquiera con alguien que queremos.

¿Cuántas cosas de nuestra vida dejamos de valorar simplemente porque creemos que mañana seguirán ahí?

Quizá esa sea la reflexión que me deja este momento, aun cuando todavía estoy atravesándolo.

Vivimos haciendo planes para después.

Después llamo.
Después voy.
Después lo intento.
Después digo lo que siento.
Después hacemos ese viaje.
Después nos vemos.

Y muchas veces ese después llega.

Pero otras veces la vida cambia los planes.

Por eso hoy, incluso desde mi enojo, quiero aprender a mirar un poco más lo que sí está.

A las personas que están.
A las posibilidades que tengo.
A esos momentos aparentemente pequeños que un día terminan siendo los que más recordamos.
Yo no elegí caerme.
No elegí detenerme.

Y definitivamente no elegí este momento.

Este momento me eligió a mí.

Y quizá ahí está lo que llevo días tratando de entender: podemos elegir muchas cosas de nuestra vida, pero no podemos elegir los momentos que la cambian. Ellos nos eligen a nosotros.

Mtra. Adriana Duarte Yépez

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