Exprimo el verano en un pueblecito minúsculo de la isla de Mallorca con amigos: Irene (mi primera novia, de la universidad), Pep (su marido y mi amigo) y Pablo (su hijo, lleno de vida y listísimo).
Ellos me cuidan mucho y yo, a cambio, les entretengo sin parar de hablar.
En la cala no se pueden hacer muchas cosas, así que leo mucho y duermo como nunca lo he hecho; unas doce horas al día. Es impresionante.
En Madrid, el dia que duermo cuatro horas es un día bueno. Aquí parezco un koala.
¿Quién narices duerme en Madrid?
Las ciudades no son para dormir: son para luchar.
Este verano no he pisado mucho Madrid y la echo de menos. Ella, que es celosa, me rendirá cuentas cuando vuelva.
Las ciudades no son para dormir pero allí, a veces, también cierro los ojos.
Lo hago cuando cojo Fuencarral desde Gran Vía y me pega el viento que corre en esa esquina en la cara.
O cuando vuelvo a casa —tarde y de noche— , encuentro un último cigarro en el abrigo y me lo fumo llegando ya a La Latina.
O si hace un día frío y despejado y el sol de invierno me da en la cara en una terraza del dos de mayo.
El verano llega irremediablemente a su fin y este curso promete ser decisivo.
La ciudad sigue advancing como un mastodonte que lo engulle todo y nosotros intentamos ir a su paso. Cada año es más grande, como esas bolas de nieve que se alimentan de sí mismas.
Cada vez es más difícil seguirle el ritmo a Madrid, por eso todos acabamos marchándonos o volviéndonos locos.
Y yo me acabo de comprar un piso allí.
Estoy muy bien aquí, en la cala, pero siento que va llegando la hora de volver.
De cambiar havaianas por botines.
De coger un abrigo negro y largo y bailar con las farolas.
De ponerse perdido de cemento y alquitrán.
- Jaime Rodríguez