La vida que sigue I

¿Qué es todo para mí?

Hay preguntas que parecen sencillas hasta que un día intentamos responderlas de verdad.

¿Qué es todo?

Durante buena parte de la vida podemos pensar que “todo” está relacionado con aquello que conseguimos construir:una familia, una profesión, estabilidad, reconocimiento, proyectos, patrimonio, experiencias.

Nos preparamos. Trabajamos. Cuidamos. Resolvemos. Avanzamos.

Y cuando llegamos a algún lugar que durante mucho tiempo deseamos alcanzar, casi inmediatamente aparece el siguiente.

Quizá porque aprendimos a medir la vida también por lo que conseguimos.

Pero el tiempo tiene una particular manera de cambiar nuestras preguntas.

Llega un momento en el que dejamos de preguntarnos solamente qué queremos alcanzar y comenzamos a preguntarnos qué no estamos dispuestos a perder.

Y entonces algunas prioridades cambian de lugar.

Descubrimos que muchas de las cosas por las que trabajamos tanto nunca fueron realmente el destino. Fueron el camino para cuidar algo mucho más importante.

Trabajar podía significar proteger.

Prepararnos, poder seguir aportando.

Crecer, abrir oportunidades para otros.

El éxito podía significar también la satisfacción de compartir nuestros logros con quienes amamos.

Y así, casi sin advertirlo, durante años convertimos el amor en un verbo: hacer.

Hacer por los demás. Resolver. Procurar. Anticiparnos. Proteger. Encontrar respuestas.

Hasta que la vida, tarde o temprano, nos recuerda algo incómodo: no podemos resolverlo todo.

Y quizá ahí comienza uno de los aprendizajes más profundos.

Comprender que amar no siempre significa solucionar. A veces significa acompañar.

Permanecer cuando no tenemos respuestas. Sostener cuando no podemos cambiar las circunstancias. Hacer cuanto esté en nuestras manos y tener la humildad de reconocer que no todo está en ellas.

Eso no significa renunciar a nuestros propios proyectos.

Al contrario.

Seguir aprendiendo, trabajando, participando, creando, soñando y sintiéndonos vigentes también forma parte de una vida plena. Amar profundamente a otros no debería significar desaparecer de nuestra propia historia.

Pero hay algo que comienza a cambiar conforme avanzamos: nuestra relación con el tiempo.

El tiempo siempre importó.

Lo que ocurre es que, conforme avanzamos, importa más.

No necesariamente porque pensemos cuánto queda, sino porque finalmente comprendemos cuánto vale.

Y cuando comprendemos su valor, empezamos también a preguntarnos dónde queremos ponerlo.

Tal vez ya no necesitamos estar en todos lados, sino estar verdaderamente presentes donde queremos estar.

Quizá no necesitamos librar todas las batallas, sino elegir cuáles merecen nuestra energía.

Y puede que tampoco necesitemos demostrar que podemos hacerlo todo, sino decidir qué merece realmente ser hecho.

Entonces aparece una pregunta diferente.

No sólo:

¿Qué he hecho con mi vida?

Sino:

¿Qué quiero hacer con la vida que sigue?

Tal vez para responderla primero tengamos que detenernos, mirar alrededor y reconocer lo que tenemos, lo que hemos construido, lo que todavía soñamos y, especialmente, a quiénes queremos a nuestro lado.

Agradecer no significa conformarse.

Reconocer lo vivido no significa dejar de construir.

Y saber qué es importante tampoco significa haber encontrado todas las respuestas.

Quizá significa algo mucho más sencillo: comenzar a elegir con mayor conciencia.

Por eso hoy vale la pena volver a aquella pregunta aparentemente sencilla:

¿Qué es todo para mí?

Tal vez “todo” no sea aquello que conseguimos. Tal vez sea aquello por lo que valió la pena conseguirlo.

Y cuando finalmente entendemos qué es nuestro “todo”, aparece la verdadera pregunta:

¿Estamos viviendo de acuerdo con ello?

La vida que sigue comienza, quizá, cuando nos atrevemos a responder.

Mtra. Adriana Duarte Yépez

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