No lo digo por hacerles la pelota —Chanel no necesita que nadie le haga la pelota— pero tanto el lugar como la dirección de arte eran una puta fantasía.
En Madrid, cuando ocurre un evento así, lo que solemos decir es «Estaba todo Madrid».
Allí me encontré con decenas de personas con las que tuve conversaciones bastante interesantes para lo que se suele dar en un evento. Alguien me dijo que la primera tienda que Chanel abrió en Paris era una pequeña boutique de sombreros en 1910.
Otra persona —como veis, no doy nombres— me contó algo que esta semana ha corrido por whatsapp como la pólvora y que alguien ya me había adelantado. Una de esas historias del pijerío madrileño, de coles caros de Pozuelo y de chicas que se refieren a ellas mismas como “las niñas”.
Al parecer, en unas copas en una casa, un chico pilla a su novia echando un polvo con su mejor amigo en una de las habitaciones, le arranca los testículos y los deja encima de una mesa a la vista de todo el mundo.
La historia es falsa, pero el audio y la imagen son bastante acojonantes.
Ayer salí a dar un largo paseo por la ciudad sin mucho rumbo y me crucé con —por lo menos— trece caballos.
No sé si es una señal, pero son preciosos.
Hubo un año en el que me quedé sin otoño.
No me fijé en él; no me paré a pensar en su importancia. Fue una responsabilidad absoluta por mi parte.
Me di cuenta casi al final, en diciembre. La navidad se me había echado encima —cada año llegan antes— y ya era tarde.
Ese año me perdí la estación ocre, la de las grandes aperturas gastronómicas y los primeros platos de cuchara.
No reparé en lo hermoso que se pone el parque más bonito del mundo, ni en el color que cogen los edificios de piedra más antiguos de la ciudad al atardecer.
El año en el que me quedé sin otoño no fui consciente de que meterse en el cine para resguardarse de la lluvia es tan cursi como efectivo.
Ese año me prometí a mi mismo que jamás me volvería a quedar sin otoño, porque es cuando el año baja la voz y nosotros podemos empezar a hablar.
Madrid ya está en marcha. Que empiece la fiesta.
- Jaime Rodríguez