La vida que sigue II


La vida no espera

Pasamos una parte importante de nuestra vida esperando.
Esperamos tener más tiempo.
Esperamos terminar un pendiente, resolver un problema, alcanzar una meta, sentirnos preparados.
Esperamos el momento adecuado para tomar una decisión, comenzar un proyecto, hacer un viaje, tener una conversación, acercarnos a alguien o simplemente dedicarnos tiempo.
Y mientras esperamos que llegue el momento perfecto, sucede algo que pocas veces advertimos:

la vida continúa.

No se detiene mientras resolvemos lo urgente.
No hace una pausa mientras organizamos lo importante.
No guarda para después las oportunidades, las personas ni los momentos que hoy damos por seguros.

La vida no espera.

Hay una verdad que todos conocemos, pero que preferimos no mirar demasiado de cerca: la vida puede cambiar en cualquier momento.
Lo sabemos y, sin embargo, vivimos muchas veces como si el mañana estuviera garantizado.
Hacemos planes para el próximo mes, para el próximo año, para cuando tengamos más tiempo, para cuando las circunstancias sean mejores.
Y está bien hacerlo. Tener planes, proyectos y sueños también es una manera de amar la vida.

El problema comienza cuando convertimos el futuro en el lugar donde depositamos todo aquello que verdaderamente queremos vivir.
Algún día haré ese viaje.
Algún día tendré esa conversación.
Algún día dedicaré más tiempo a las personas que quiero.
Algún día comenzaré aquello que llevo años imaginando.
Algún día trabajaré menos.
Algún día disfrutaré más.
Pero la vida no nos garantiza ese “algún día”.

Reconocerlo no debería llenarnos de miedo.
Debería hacernos más conscientes.
Porque comprender que la vida es frágil no significa vivir precipitadamente ni abandonar nuestras responsabilidades. Tampoco significa despertar cada mañana pensando cuánto tiempo nos queda.
Significa algo mucho más sencillo:

dejar de aplazar lo esencial.

Decir lo que sentimos mientras podemos decirlo.
Estar con quienes queremos mientras podemos estar.
Cuidar nuestra salud y nuestro cuerpo mientras podemos hacerlo.
Comenzar aquello que verdaderamente nos importa sin esperar eternamente las condiciones perfectas.
Perdonar cuando todavía tiene sentido.
Alejarnos también cuando permanecer significa entregar nuestro tiempo a lugares, situaciones o personas que ya no deberían ocuparlo.
Y permitirnos disfrutar de aquello por lo que hemos trabajado tantos años.
Porque quizá una de las grandes contradicciones de nuestra vida sea ésta:

dedicamos muchísimo tiempo a construir la vida que queremos y, algunas veces, muy poco a vivirla.

El tiempo siempre importó.
Desde el primer día.
Pero conforme avanzamos, importa más.
No necesariamente porque quede menos, sino porque hemos vivido lo suficiente para comprender cuánto vale.
Sabemos cuánto puede cambiar una vida en un instante.
Sabemos que algunas oportunidades no regresan.
Sabemos que hay conversaciones que, si se aplazan demasiado, quizá nunca ocurran.
Y sabemos también que el tiempo que entregamos a algo o a alguien es una parte de nuestra vida que no recuperaremos.
Por eso llega un momento en el que elegir adquiere otro significado.

Ya no queremos estar en todos lados, sino estar verdaderamente presentes donde queremos estar.

Ya no necesitamos librar todas las batallas, sino reconocer cuáles merecen nuestra energía.
Ya no se trata de demostrar que podemos hacerlo todo, sino de decidir qué merece realmente ser hecho.
Y quizá también aprendemos algo todavía más difícil:

decir “no” a algunas cosas es una manera de decir “sí” a nuestra propia vida.

No hace falta llenar cada minuto.
Vivir plenamente no significa hacer más, viajar más, conseguir más o acumular experiencias para demostrar que aprovechamos el tiempo.
Quizá sea exactamente lo contrario.
Detenernos lo suficiente para reconocer qué merece nuestra presencia.
Elegir.
Estar.
Disfrutar.
Agradecer.
Amar.
Y seguir construyendo, porque tener futuro también significa tener ilusiones.
La diferencia es que ya no queremos dejar toda nuestra vida para ese futuro.
Tal vez ésta sea una de las grandes enseñanzas que llegan conforme avanzamos:

el tiempo siempre tuvo valor; lo que cambia es que dejamos de darlo por hecho.

Por eso quizá convenga preguntarnos de vez en cuando:
¿Qué estoy dejando para después?
¿A quién quiero dedicarle más tiempo?
¿Qué ocupa demasiado espacio en mi vida sin merecerlo?
¿Qué sueño sigo esperando comenzar?
¿Qué conversación no debería seguir aplazando?
¿Y qué haría diferente si comprendiera, de verdad, que este día también cuenta?
No necesitamos tener todas las respuestas.
Pero quizá sí necesitamos comenzar a hacernos las preguntas.
Porque mientras pensamos qué queremos hacer con nuestra vida, nuestra vida está ocurriendo.

La vida no espera.

Y la vida que sigue no comienza mañana.

Ya está sucediendo.

Mtra. Adriana Duarte Yépez

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