La vida que sigue III

No todo lo que llega a ti merece entrar en tu espacio

A lo largo de la vida muchas cosas llegan hasta nosotros.
Personas. Oportunidades. Problemas. Opiniones. Invitaciones. Conflictos. Expectativas. Responsabilidades.
Algunas las buscamos.
Otras simplemente aparecen.
Y durante mucho tiempo podemos creer que aquello que llega hasta nuestra puerta merece, por ese solo hecho, nuestra atención.
Respondemos.
Atendemos.
Explicamos.
Resolvemos.
Nos involucramos.
Y casi sin darnos cuenta, terminamos entregando una parte de nuestro tiempo y de nuestra energía a cosas que quizá nunca debieron ocupar tanto espacio en nuestra vida.

Porque no todo lo que llega a ti merece entrar en tu espacio.

Y espacio no significa solamente el lugar físico que habitamos.
Nuestro espacio es también nuestro tiempo.
Nuestra tranquilidad.
Nuestra atención.
Nuestros pensamientos.
Las personas a quienes permitimos acercarse.
Las conversaciones que aceptamos tener.
Los problemas que decidimos hacer nuestros.
Aquello en lo que pensamos antes de dormir.
Y también aquello a lo que decimos “sí” cuando, en realidad, queríamos decir “no”.
Conforme avanzamos, comenzamos a comprender que cuidar ese espacio no es egoísmo.
Es conciencia.
Es aprender que estar disponibles para los demás no significa tener que estar disponibles para todo y para todos.
Podemos escuchar sin cargar.
Podemos querer sin resolver.
Podemos acompañar sin desaparecer.
Podemos comprender sin justificar.
Podemos ayudar sin asumir como propia la responsabilidad de los demás.
Y podemos decir “no” sin convertir cada decisión en una explicación interminable.
Tal vez una de las cosas más difíciles sea aceptar que poner límites no nos convierte en personas menos generosas.
Los límites no necesariamente son muros.
También pueden ser puertas.
Y una puerta tiene precisamente esa función: permitirnos decidir qué dejamos entrar, qué dejamos salir y qué queremos conservar dentro.
Porque aquello que permitimos entrar en nuestra vida inevitablemente ocupa algo.
Tiempo.
Energía.
Atención.
Emociones.
Y todo eso es limitado.
Quizá por eso, cuando finalmente comprendemos cuánto vale nuestro tiempo, empezamos también a ser más cuidadosos con aquello a lo que se lo entregamos.
No todas las discusiones necesitan nuestra participación.
No todas las opiniones necesitan nuestra respuesta.
No todos los problemas necesitan nuestra solución.
No todas las invitaciones necesitan un sí.
No todas las relaciones necesitan permanecer.
Y no todas las expectativas que otros depositaron sobre nosotros tienen que convertirse en nuestras obligaciones.
Elegir nuestro espacio también implica aprender a convivir con algo que puede resultar incómodo: no siempre agradaremos a todos.
Habrá quien interprete un límite como distancia.
Quien confunda nuestra tranquilidad con indiferencia.
Quien espere la versión de nosotros que siempre estaba disponible.
Pero quizá llega un momento en la vida en el que dejamos de preguntarnos únicamente qué esperan los demás y comenzamos a preguntarnos qué necesitamos nosotros para vivir en paz.
Eso no significa encerrarnos.
Tampoco volvernos indiferentes.
Significa elegir mejor.
Elegir a quién escuchamos.
A quién creemos.
A quién permitimos influir en nuestras decisiones.
Qué problemas merecen nuestra energía.
Qué conversaciones queremos seguir teniendo.
Y también qué cosas podemos, finalmente, dejar ir.
Porque algunas cargas permanecen con nosotros no porque tengamos que llevarlas, sino porque nunca nos preguntamos si podíamos soltarlas.
Quizá madurar sea también descubrir que tenemos derecho a hacerlo.
A proteger nuestra tranquilidad sin sentir culpa.
A alejarnos de aquello que constantemente nos desgasta.
A cambiar de opinión.
A dejar de explicar decisiones que sólo nos corresponde tomar a nosotros.
A reservar una parte de nuestra vida para nosotros mismos.
Y, sobre todo, a comprender que decir “no” a lo que no queremos dentro también protege aquello a lo que queremos seguir diciendo “sí”.
Nuestra familia.
Nuestros afectos.
Nuestros proyectos.
Nuestra salud.
Nuestra curiosidad.
Nuestra tranquilidad.
Nuestro tiempo.
La vida no necesita estar llena para estar plena.
Quizá necesita espacio.
Espacio para las personas que queremos.
Para aquello que todavía soñamos.
Para aprender.
Para disfrutar.
Para estar en silencio.
Incluso para que lleguen cosas nuevas.

Por eso, de vez en cuando, quizá valga la pena mirar nuestra propia vida como miraríamos nuestra casa y preguntarnos:
¿Qué quiero conservar aquí?
¿Qué ocupa demasiado espacio?
¿Qué ya cumplió su propósito?
¿Qué estoy sosteniendo solamente por costumbre?
¿Y qué necesito dejar salir para hacer espacio a lo que sigue?
No podemos decidir todo lo que llega a nuestra vida.
Pero sí podemos aprender a decidir qué permitimos que permanezca en ella.
Porque abrir nuestra puerta también es una elección.
Y quizá una parte importante de la vida que sigue consista precisamente en aprender a elegir mejor.

No todo lo que llega a ti merece entrar en tu espacio.

Y no todo lo que entró alguna vez tiene que quedarse.

Mtra. Adriana Duarte Yépez

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