El regreso generacional de La Oreja de Van Gogh

Ir a un concierto de “La oreja de Van Gogh” en 2026 es algo así como ir a los toros, la Fórmula 1 o una carrera de Moto GP: hay algo arriesgado en ello, todo puede salir mal y hay mucha gente que desea incluso que ocurran cosas feas encima del escenario.

Ayer, en Madrid, a más de veinte mil personas se nos congeló la sangre cuando la plataforma que subía a Amaia al escenario se quedó parada en la primera canción.

Segundos después, la rubia nos mandó de una patada a la España de finales de los noventa, que es nuestra infancia y la cuna de nuestra felicidad.

De repente, todos llevábamos un Nokia 3210 en el bolsillo, un discman en la mochila y el cambio de la última copa —en pesetas— en la cartera. Ayer veníamos de casa de ver el último de Expediente X, queríamos ser Quimi y Valle y contamos nuestras letras cuando mandamos un SMS diciendo eso de “sty a la izq del scnario ¿tu?”

Anoche, por un momento, internet era algo raro y nuevo todos teníamos miedo al efecto dos mil.

Yo no soy el mayor fan de LODVG, pero viéndoles a todos juntos, en Madrid, por un momento, fui bastante feliz y sentí que pertenecía a algo muy parecido a una generación: mucha gente sintiendo lo mismo, en el mismo lugar, al mismo tiempo, dejando a un lado nuestras diferencias y mirando hacia el mismo lugar.

Aunque tengo mucho respeto por el trabajo que ha hecho Leire estos años —hazlo tú, valiente— tengo debilidad por lo auténtico, y siempre voy a elegir lo original a lo renovado, sin importar quién lo haga mejor. Amaia, todo sea dicho, cantó increíble —de verdad lo hizo— y la banda tiene esos temas tan trillados que funciona como un reloj.

Hablamos de una mujer que cayó en un infierno del que no muchos salen y ayer, renovada, hizo cantar, bailar y lo que es más importante, sonreír, a miles de personas. Y os aseguro que pocas historias tan emocionantes relacionadas con el mundo del espectáculo vamos a encontrar en esta década.

Ayer el toro cogió al torero en el primer tercio, el coche de carreras se estrelló nada más salir y la moto se fue al suelo en la primera curva.

Pero después, por un par de horas, nos acordamos de lo diferentes que parecemos y lo parecidos que, en el fondo, somos.

                                                                                                                                 - Jaime Rodríguez

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