Mario llevaba casi tres años tocando el piano en el Ritz.
Había llegado a Madrid desde Pamplona diez años atrás y, después de muchas bodas y pequeños locales, acabó tocando en uno de los hoteles más famosos de la ciudad.
Allí tocó para personas que nunca habría imaginado. Pero hubo una a la que jamás olvidaría.
Él le llamaba Domingo.
—Viene todos los domingos. Me parece un nombre perfecto.
En efecto, cada domingo, un hombre muy mayor se sentaba, pedía un café y escuchaba a Mario. En algún momento se levantaba y, con mucha educación, le pedía siempre lo mismo:
—¿Podrías tocar “Moon River”?
Después volvía a su mesa. Y mientras escuchaba, siempre se le escapaba alguna lágrima.
Hasta que un domingo dejó de aparecer.
—¡Lleva tres semanas sin venir! —le decía Mario a una compañera.
—¿Y por qué te preocupa tanto? Será un cliente más.
Mario sabía que no era un cliente más. Había algo enigmático en ese hombre, en su forma de mirar, en su manera de analizar como Mario tocaba cada nota de aquella canción. Era como si supiese lo que Mario estaba haciendo y daba la sensación de que aquel hombre había escuchado esa canción cientos de veces.
—Estoy seguro de que espera a alguien. Esa mirada está inundada de desamor.
Mario y sus compañeras acabaron imaginando la historia de Domingo: durante años había acudido al Ritz con el amor de su vida y “Moon River” era su canción.
—Todas las parejas tienen una —decía Mario.
Pasaron las semanas, y aquel hombre seguía sin acudir.
Un domingo de principios de otoño, cuando los árboles de la cuesta de Moyano empezaban a teñirse de ocre, una mujer mayor entró en el hotel, pidió un café y se acercó al piano.
—¿Podrías tocar “Moon River”?
El tiempo se paró para Mario. «Es ella». Tocó la canción y después se acercó a su mesa.
—¿Mi marido? —respondió la mujer—. Era mi hermano. Fue pianista de este hotel durante décadas.“Moon River” fue la última canción que tocó aquí antes de que sus manos dejaran de permitírselo.
Mario miró el piano.
—Murió hace tres días. Antes de hacerlo me pidió que viniera a darte las gracias.
—¿Por qué?
—Porque durante tres años le hiciste sentir que seguía tocando.
- Mandarin Oriental Ritz, Madrid x Jaime Rodríguez