El libro sin título de Ereván

Hay silencios que no significan ausencia, sino refugio. En medio de un mundo que nos exige mostrar siempre una etiqueta, un título o una sonrisa prefijada, existen rincones y objetos discretos que nos esperan pacientemente para darnos cobijo justo cuando no sabemos con quién hablar. Esta historia que nos llega desde Armenia es un hermoso recordatorio de cómo dos nostalgias pueden encontrarse en las páginas correctas para sanarse mutuamente.

En la biblioteca municipal de un barrio de Ereván, en Armenia, había un libro forrado en tela gris que nadie había pedido en diecinueve años. El bibliotecario lo sabía con exactitud porque lo había escrito él.

No tenía título ni autor en el lomo. Levon, de sesenta y siete años, lo había encuadernado a mano el invierno en que murió su mujer y lo había colocado en un estante bajo, sin registrarlo. En la primera página puso una sola línea: “Este libro solo se deja leer por quien ya conoce la tristeza”.

En octubre de 2023 entró un niño de once años con los cordones sueltos. Venía del hogar infantil de dos calles más arriba y se llamaba Davit.

—¿Buscas algo?

—Un sitio donde no me duela la cabeza.

Levon le ofreció uno de aventuras, con ilustraciones.

—No me gustan los dibujos. En los dibujos todo el mundo tiene cara de saber qué hacer.

Entonces el viejo, por primera vez en diecinueve años, se agachó hasta el estante bajo.

—Este es callado, como tú.

Eran historias breves, sin capítulos: un hombre que oía el mar dentro de una piedra, una niña que encontraba monedas cada vez que lloraba en sueños. Davit leyó una por tarde durante seis semanas y siempre devolvía el libro a su hueco.

—Llévatelo, si quieres.

—No. Es como un refugio, y los refugios no se sacan a la calle. Uno va a verlos.

“Lo que de verdad acompaña casi nunca lleva cartel, ni en los libros ni en las personas.”

—¿Sabes por qué nadie lo pide? Porque no promete nada en la tapa. La gente quiere saber de antemano qué va a sentir. Yo tardé en entender que lo que de verdad acompaña casi nunca lleva cartel, ni en los libros ni en las personas.

—¿Usted conoce al que lo escribió?

—Un poco. Era un hombre que no sabía con quién hablar.

—Pues dígale que al final sobran hojas en blanco.

Un lunes de diciembre, Davit no apareció. En el hogar infantil le explicaron a Levon que lo habían trasladado a Gyumri para vivir con una tía.

Esa misma noche, el anciano buscó el libro en el estante bajo y lo abrió. Para su sorpresa, las últimas páginas ya no estaban vacías. A lápiz y con una letra infantil muy apretada, Davit había escrito una historia sobre un niño que encontraba un hogar dentro de una biblioteca. Al final del relato se leía una deducción sencilla: “Para el que lo escribió. Ya somos dos”.

Levon se dejó caer en el suelo, rodeado por la penumbra de las estanterías, y leyó aquellas líneas un par de veces con los ojos empañados. Luego, tomó su pluma y agregó una última frase en la primera página: “Y por quien, conociéndola, supo seguir”.

Reflexión

A veces la vida nos coloca frente a pérdidas o dolores que parecen demasiado pesados para explicarlos con palabras. Sin embargo, la historia de Levon y Davit nos enseña que nunca estamos tan solos como creemos.

Un libro guardado en el lugar correcto, un gesto en silencio o una coincidencia en medio de la tarde pueden convertirse en esa luz que necesitábamos para continuar.

Los verdaderos refugios no necesitan grandes portadas ni títulos ostentosos; solo necesitan un corazón dispuesto a abrir sus páginas y saber escuchar.

—Momsy ♥

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Texto de autor desconocido (sabiduría popular)

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