Ya casi no hay bares. Quiero decir, si los hay, pero no los que me gustan. No tolero los sitios en los que te dan una carta gigantesca con tragos complicadisimos. No me gustan los double shaken pepino ultra spicy dirty cherry martinis, lo lamento. Al final del día, al final de la noche, los tragos terminan sabiendo más o menos igual. Un regusto amargo en el nacimiento de la lengua. La cabeza embotada. No tolero los bares en los que ponen música de elevador para gustar. Tampoco en los que las luces son rojas para que luzcan más en Instagram.
Me gustan los bares cuyas mesas están ligeramente pegajosas y los meseros fuman afuera antes de atenderte. Esos sitios en que las luces son bajas y un ligero aroma agrio, maquillado por cloro se cuela por la nariz al entrar. Todos sabemos a lo que vamos a un bar. No hay necesidad de mentirnos. A un bar vamos a beber. Para cuando se entra a uno llevamos en la cabeza una idea de lo que nos gusta: una dos equis lager con un shot de vodka stoli, por favor. Si ustedes son más refinados pedirán una negra modelo con un caballito de mezcal cuatrocientos conejos, por favor. O, si son aún más refinados, pedirán una mezcalita de maracuyá. No juzgo, las mezcalitas son ricas.
Desde que pude beber me acostumbré a esos sitios un poco lúgubres. Durante mi vida en Miami descubrí que los estadunidenses tienen un término para estos hermosos lugares: dive bars. El primero que conocí fue en Stratford-upon-Avon, en Inglaterra. Durante una excursión con unos amigos decidimos meternos a un pub que tenía una bandera inmensa del Liverpool afuera. Quedé fascinado por sus luces bajas y el fuerte aroma a cerveza vieja que lo inundaba. Bebí mil y una Guinness. El recuerdo es borroso, pero no puedo olvidarme de fumar un cigarrillo con los Arctic Monkeys de fondo y sentirme vivo. No se necesita más. En Miami estaba el Bob’s. Ya he hablado lo suficiente de ese bar.
En toda la Condesa sólo queda un bar así: el Celtics. Un santuario de autenticidad en medio de un barrio que cada vez parece más una parodia de sí mismo. En ese glorioso y anticuado bar han pasado muchas de las noches que menos recuerdo de mi vida. Olor a cerveza vieja, un billar en una esquina, Ezequiel, mi mesero favorito, fumando afuera con una ligera sonrisa en los labios. Todavía tocan bandas en vivo que hacen covers de los Strokes, Blink-182, Green Day…
Un fragmento de esta ciudad eternamente cambiante que se resiste a morir. Dany, el bartender sabe hacer todos los tragos del mundo. No son pocos. De vez en cuando le he pedido una piña colada. He perseguido la noche hasta el hartazgo en los bancos de madera de su terraza. Siempre hay un alemán, un gringo, un francés amistoso que invita la siguiente ronda. Lo mismo de siempre, Ezequiel: una dos equis lager y un shot de stoli.
– Santino Cortés