Llevo un tiempo escribiendo. Lo que sea que dicha afirmación signifique. Publiqué un poema cuando tenía 14 años. Eso quiere decir que llevo nueve años doblando el cuello frente a la computadora para intentar hilar palabras. También quiere decir que llevo nueve años fingiendo ser algo. Ser poeta, ser escritor. Obtener el añorado título que tantas veces escuché a mis padres pronunciar con admiración. “Oh, claro, el gran poeta tal”, “Por supuesto, el gran escritor tal”. En la soledad de mi habitación aun no siento mío el título.
No se confundan, el pecho se me infla cada vez que algún amigo (porque solamente mis amigos hacen esto) me presenta como “escritor” o “poeta”. También me inflama el ego cuando soy yo el que cita a un gran escritor. Por supuesto, me encanta sentarme en mesas con gente a las que considero escritores. Aunque también hay algo de vergüenza cuando vuelvo a casa y descubro que cité mal al gran escritor.
Pienso en que quizás, en estos nueve años, ha surgido en mí el oficio del escritor. El oficio de la persona que puede escribir una secuencia de oraciones más o menos coherentes. Ya no me equivoco tanto con la ortografía (aunque el autocorrector de Word ayuda bastante). Aún no me acostumbro al dolor en el cuello cuando termino un texto. No me acostumbro a la vista cansada y la presión en la lumbar. Recuerdo a Hemingway escribiendo de pie porque tenía hemorroides. Solo comparto una cosa con aquel escritor: el amor por la ginebra. Ojalá que nunca sean dos.
Vuelvo. En esas grandes mesas, donde las letras de algún país imaginario toman forma, no sé qué decir.Hablan de grandes escritores del siglo XIX que no he leído (ni tengo interés en hacerlo). Yo solamente pongo una sonrisa y asiento con la cabeza. De vez en cuando digo: “Si, claro, fantástico libro” o alguna vaguedad por el estilo. Para reponer un poco de mi dignidad, menciono el título de algún libro que vi en la biblioteca de mi padre. Usualmente se me corrige porque, aunque dije bien el título, me equivoqué de autor.
Entonces vuelvo a casa cabizbajo. Me repito una y otra vez el instante del error. Es quizás el mayor castigo que me pudo dar este oficio. Una costumbre por hacerme el interesante. Los españoles tienen una palabra para ello: postureo. Buena parte de mi breve carrera literaria la he pasado postureando con la espalda arqueada sobre la mesa de un bar.
Poco a poco he optado por hablar hasta que realmente tengo algo que decir. Lo más dulce que me ha dado este oficio es que aquello que me ahorro en las mesas, lo puedo decir aquí. Afortunadamente, ya no quiero ser escritor. Mucho menos poeta. Me gustaría tener la capacidad de ser quien soy. Estoy seguro de que mis padres preferirían que fuera otra cosa. Ingeniero, biólogo, médico. Eso sí, en otros nueve años, me gustaría empezar un texto que diga: “Llevo un tiempo escribiendo…”.
– Santino Cortés