Es extraño: se me escapa la edad de los ídolos. Ídolo, palabra también extraña de raíz grecolatina. De eidōlon, que significa “imagen”. De idōlum, que significa aquello que se ve. El significado posterior lo define quien ve. El adorador, pues. Al mismo tiempo estamos acostumbrados a los ídolos. Para un niño como el que fui, todos los ídolos jugaban al fútbol y yo los veía en las pantallas de una redacción en la que mi padre trabajaba.
El primero fue Neymar. No fue por un gol, fue por un festejo. Mientras corría sonriendo alguien le dio una máscara de su rostro. Se la puso y festejó. Un árbitro se le acercó y le mostró una tarjeta roja. Salió del campo riendo. Me pareció muy cómico y quedé maravillado. Comencé a ver todos sus partidos. Aquel Santosjugaba fenomenal. Después se fue a Barcelona y me alegré de todos sus triunfos. Creo haber visto su último partido. Despidiéndose con un penal e insultando al portero. Me alegré y pensé en Dylan Thomas:
“No entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día debería la vejez arder y delirar;
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.”
Mucho tiempo solamente me interesó Ney. Hasta que lo vi a él. Si cierro los ojos puedo recordar perfectamente cuando lo vi. Tengo 15 años y estoy en Liverpool, en Anfield, el mítico estadio. Una mancha azul persigue a un hombre moreno, barbado y de cabellos rizos que porta una playera roja. Este hombre corre por la banda derecha con el balón pegado al pie y, cuando ve acercarse a otra mancha azul, recorta a la izquierda. Le pega una patada al balón y este viaja hacia la portería haciendo un arco hermoso que se incrusta en la esquina superior izquierda de la portería. Una escolanía de voces forman un grito y los vellos de mis brazos están de punta.
El hombre corre hacia las gradas en las que estoy y grita. Se da la vuelta y veo por primera vez su nombre. Salah, con el número 11. Salgo del estadio y busco en mi teléfono la mayor cantidad de información posible.Compro una playera con su nombre. Mohamed Salah.
Desde entonces seguí al Liverpool. Me rompió el corazón verlo salir lesionado en la final de Champions del 2018 ante el Madrid. Fue la última vez que lloré por el fútbol. Me quedé afónico cuando, al año siguiente,anotó un penal en la final y pudo alzar la Copa de Europa. Celebré un gol suyo en la prepa, con mi amigo Monro, durante un exámen de lectura y nos sacaron del salón. Me alegré de sus campeonatos de goleo y las dos ligas que ganó. Mi padre, mi madre y mi pareja se cansaron de escuchar de él. Me sentí orgulloso de mi ídolo cuando denunció la agresión israelí en Gaza. Contuve lágrimas cuando llevó a Egipto a dos mundiales y cuando se despidió del Liverpool .
Hoy también contuve lágrimas por él. Es la última vez que lo veré en un mundial y se despidió corriendo por la banda derecha. Caer de pie. Como Neymar. En realidad no fue por ellos. Siento que algo se me termina. Mi padre tiene pocos ídolos. Uno es Mohamed Ali (tocaya y hermosa coincidencia). En mi casa aún hay cuadros suyos. No sé si vuelva a tener ídolos. Eso quiere decir que ya no soy un niño. No tendré nuevos ídolos. En realidad me alegra. Mis dos ídolos se negaron a entrar dócilmente en esa buena noche. Un día colgaré cuadros suyos y pensaré en eso. Un buen recordatorio. Aún mejor el recuerdo.
– Santino Cortés