En ocho años estaré frente a la computadora intentando recordar su rostro. No lo lograré. Hoy puedo verla claramente: su nariz roja y labios partidos están delante mío. La bruma de esta región de Inglaterra se posa detrás suyo y creo que la amo. Tengo 15 años y estoy de visita en el castillo de Warwick. Tengo la espalda erizada porque mi único abrigo es una sudadera barata que al frente dice en letras enormes OXFORD UNIVERSITY. En cinco años la perderé en la preparatoria.
El frío se instala en mi nuca y me pongo la capucha. Escucho su risa más adelante en un camino de tierra.Será el único sonido suyo que recuerde. En ocho años no quedará rastro alguno de su voz en mi memoria.Me hará querer llorar. Detrás mío un amigo canta una canción cuyo coro dice Nena maldición, nena maldición,yo ni la conozco pero jugaría con vos. En tres años la escucharé en una fiesta mientras beso a una persona que no es ella. Pensaré en ella y querré mandarle un mensaje. No lo haré.
Hace dos días compré un libro de Ítalo Calvino en el aeropuerto. Se llama Los amores difíciles. ¿El truco?Lo compré en italiano frente a ella para impresionarla. En camino a esta excursión se sentó junto a mi y me preguntó por mis pasatiempos. De nuevo, para impresionarla, le dije que escribía y saqué una libreta blanca de una mochila que en dos años se me romperá durante un viaje a San Luis Potosí. Ella leyó atentamente la secuencia de garabatos que formaban mis poemas. Sonrió y dibujó una carita feliz en una de sus páginas. En seis años encontraré esa libreta durante una mudanza. Allí, ella es inmortal. Junto a la carita feliz puso “Santi, Inglaterra, 2018”.
Hoy tomo su rostro entre mis manos frías y veo sus ojos. Son color miel verdoso y en uno de ellos hay una pequeña mancha negra. Hago algún chiste bobo sobre su nariz roja y ella sonríe. Uno de sus labios se rompe y un gota de sangre se desliza hasta su mentón antes de que la ataje con su mano cubierta por un guante gris. En un par de horas posaré mis labios sobre los suyos por primera vez. En mi cabeza sonará una canción de rock que una amiga me mostró en un autobús ayer. Se llama Lips of an angel y la escucharé muy pocas veces después de ese beso.
Ocho años después del beso no podré recordar su rostro, ni su voz, ni su aroma. Buscaré entre mis fotos viejas para saber el nombre del pueblo en el que estábamos. Sin embargo, hoy, todo es muy claro. Su cabello castaño reposa en mi hombro mientras descansamos en una banca de madera y le hablo sobre José Emilio Pacheco. Su mano descansa sobre la mía y soy feliz. En ocho años mentiré sobre los eventos de este día porque no podré recordarlos con claridad.
– Santino Cortés