Elogio del reggaetón

Imaginemos este texto acompañado de un bajo estruendoso que suena Tun katún katún katún. Solamente así podemos entrar en materia. Cuando regresaba de vacaciones en Cuba, mi iPod regresaba cargado de música que le gustaba a mis primos. Don Omar, Daddy Yankee, Héctor el Father, Alexis y Fido, Jowell y Randy. Tantos otros. Por supuesto, yo metía de contrabando el iPod a la escuela y, en clase de matemáticas,escuchaba sus canciones.

Mis amiguitos me preguntaban “¿Qué escuchas?”, mi respuesta era brindarles un audífono. Al escuchar ese bajo del que hablamos al principio, sus ojos se abrían como platos y decían: “Yo escucho de todo menos banda y reggaetón”. Padre, perdónalos, no saben lo que hacen. Así pasó una parte de mi infancia. Como una especie de paria musical en medio de la ola de música electrónica que tomó a los niños mexicanos a principios de la década de los 2010 ‘s.

Era fácil que me gustara el reggaetón. Los cantantes hablaban en un acento que me resultaba familiar.Recordaba a mis amorosas tías y risueños primos de Pinar del Río. Hablaban de sexo con el mismo desenfado que mi padre. Además, hasta el más amargado de ustedes debe admitir que el ritmo hace mover las caderas. Pero aquí fue un escándalo. Pienso que tiene que ver con la mojigatería característica de las sociedades obligadas a practicar su fe.

Me ahorraré el relato de la llegada del reggaetón al gusto popular porque quiero hablar de la fiebre per sé de tan hermosa música. De pronto, tenía 16 años y empecé a ir a fiestas y sonaba Ozuna cantando “Si todavía me amas como antes, ya nada me parece interesante”. A veces, cuando despierto por las noches, recuerdo los aromas de aquellas fiestas. Cigarrillo de clavo, Bacardí blanco y sudor.

Sudor que proviene de todos lados. Sudor de axila, cabello, manos y nalgas. Me sofoco. El reggaetón no le miente a nadie y no permite la mentira. Habla de derroche y sexualidad. Oscar Wilde escribe en De profundis que una de las cualidades de la juventud es que “es siempre derrochadora”. Así, la juventud comparte dos cosas con el reggaetón: lo mencionado por Wilde y la sexualidad.

No permite mentir porque el meneo constante de caderas hace que sudemos. No hay perfume ni desodorante que aguante el calor contenido de 100 personas en un espacio pequeño. Olemos a lo que olemos. Al primer yeh de Bad Bunny el choque de pantalón trasero con pantalón delantero es una batalla que solamente puede terminar en el baño más cercano a la pista de baile.

¡Oh, reggaetón! ¿Qué no daría por conjugar la euforia que provocas? Aún hoy escucho canciones de Anuel AA que me recuerdan a intimidades apresuradas en automóviles ajenos y me entran ganas de llorar. Aún escucho canciones de Jhay Cortez que me dan ganas de despilfarrar el resto de mi juventud, hasta el último gramo de ella. Se ha defendido al rock, al jazz, a la nueva trova. ¿Acaso hay mayor honor que defender lo que alguna vez fue nuestro?

– Santino Cortés

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