La abismal pluralidad de uno mismo

Tengo un problema. No sé qué libro comenzar a leer. No es por carencia de libros. Es, en realidad, por exceso de ellos. Hace poco terminé De profundis de Oscar Wilde y quisiera leer algo similar, aunque soy consciente de la inexistencia de símiles. Hace poco compré las cartas de Søren Kierkegaard, pero no sé si quiero aventurarme a las intimidades del filósofo. También me esperan en el librero los diarios de Brian Eno, pero no sé si me importa tanto el músico. Además, mis seis volúmenes de Mi lucha, de Knausgård siguen guardando polvo, esperando que algún día cumpla mi promesa de terminarlos. En mi escritorio descansa la Eneida.

Mi problema con la indecisión data de tiempo atrás. Cuando era niño y mi padre me llevaba a comprar juguetes, yo escogía varios. Al terminar de escoger, me sentaba en el suelo y observaba todos con detenimiento. Cada uno me provocaba diferentes deseos y sensaciones. Quería todos, para satisfacer dichos deseos. Por supuesto, mi padre jamás accedió. Lo importante no es la indecisión per sé. Si no, aquello que revela.

Quiere decir que dentro mío, existen diferentes deseos que no son saciables a través de un solo objeto de deseo. En este caso, un libro o un juguete. Si tomamos en cuenta las actitudes humanas con las que los dioses griegos y romanos actuaban, dentro del yo existe un pequeño Olimpo. Una montaña de dioses lujuriosos y envidiosos y borrachos y rencorosos y amorosos. A dichos dioses (así les llamaremos a los múltiples yos) no es posible contentarlos con una única ofrenda. Cada uno exige una diferente. Si la ofrenda no es satisfecha, los dioses se angustian, pues no hay quien les venere.

Podríamos explicar la angustia existencial como voluntades divinas enfrentadas. Una desea la rebelión contra lo que debe ser, mientras que la otra se rebela contra lo que puede ser. Como Júpiter guiando a Eneas hacia su destino como fundador romano y Juno llevándolo a los brazos de Dido para que se olvidase de su destino. Sin embargo, el yo (el sujeto vivo) ejemplificado por Eneas, no entiende de razones divinas ni deseos enfrentados y, mientras intenta descifrar las señales de los dioses, es paralizado por la angustia.

Rubén Bonifaz Nuño explica así la angustia del yo: “Eneas, como uno que duerme, se aferra al impulso de seguir soñando su mismo sueño humano, dolorido y dichoso en su deslumbrante contingencia”. Es decir, Eneas (yo), no comprende el sueño (misión) que los dioses tienen para él e intenta continuar con lo que, a cada paso que da, se convierte en su destino. Por eso Eneas no debe escoger. Debe asumir que no se puede saciar a todos los dioses y que un destino colapsa cuando se escoge otro. En realidad no hay poder ni deber,pues existen un sinfín de voluntades dentro de uno mismo que siempre exigirán un resultado diferente al sueño humano dolorido y dichoso del que habla Bonifaz Nuño.

Así Eneas se convierte en humano y multitud al mismo tiempo. Dioses angustiados cuyas voluntades nacen a partir del interior de sí mismos. Por cierto, escogí leer la Eneida.

– Santino Cortés

Compartir:

Artículos relacionados

Caso Taddei

La caída de Guadalupe Taddei tras la presión de Morena, con breves apuntes de la política en Coyoacán y la

Leer más ›