Entonces los edificios fueron pocos y muy pequeños. Un piso más, otro más. Diezveintetreintacuarenta. Ahí caben todos. Los escritorios y las computadoras que inevitablemente los acompañan. Las pequeñas fotos de cada trabajador con sus seres queridos representan apenas el 0.00000014% de la capacidad del cúmulo de acero, vidrio y hormigón que se alza en el centro de casi todas las ciudades del mundo.
El problema es que entonces la comida también fue poca. Las miles de millones de toneladas de animales muertos e inflados con agua y hormonas no pueden alimentar tres veces al día a quienes habitan y trabajan entre el hormigón. La solución es sencilla. Animales que duren menos, cuya única vista sea una puerta metálica hasta que ven de frente un martillo que les rompe la frente y despedaza el cerebro. La crueldad humana es tan infinita como su bondad.
¿Acaso hay bondad ciega? No existe. Todos hacemos actos de bondad esperando que sean recordados y retribuidos. Eso quiere decir que la bondad no existe. Quienes no lo hacen por culpa cristiana lo hacen para saldar deudas kármicas. Los que no, lo hacen para caer en gracia del otro y así sucesivamente. Y todo eso es un simple subproducto de la sed de inmortalidad. Nadie quiere morir. El paraíso y la vida eterna es una promesa fantástica para la cobarde especie humana. Ser recordado es una especie de inmortalidad.
Entonces se talan miles de millones de árboles para que el ego de carne y hueso quede bien surtido de papel.Papel que se llenan de pequeños símbolos que solamente tienen sentido para quienes reconocen esos símbolos dentro de líneas imaginarias por las que después se destruyen a cañonazos. Y todos lloramos con esos símbolos y nos acordamos de apellidos como Dostoievsky y Sontag y Cervantes y demás que, al cerrar un libro, no dicen nada.
Y aún así, se siguen emborronando cuartillas con interminables cartas de amor que suplican el contacto del otro. Y ese otro decide si recompensa los símbolos y posa sus labios en los labios de quien hizo la carta.Decide si la desecha y la vida del árbol talado y los animales que alimentaron al escribano para que pudiera hacer la carta deja de tener sentido. La vida se destaza y el milagro de la creación depende de lo que se decida.
Solamente ahí existe la bondad. En el instante en el que unos labios se posan sobre otros. La única recompensa del gesto es un poco de calor en el pecho mientras una roca recorre con furia un universo frío,infinito e indiferente. Los hombres no tienen nada que ver con lo que los rodea. Un día el cielo se abrirá y desgarrará el hormigón, el tejido orgánico y nuestros dioses. Entonces todo será polvo de cosas que antes tenían sentido y ya no lo tienen. Pero al instante del beso, no importa.– Pensó el profeta mientras la veía acercarse por el andén.
Biblioteca Pública de Nueva York, 2026.
– Santino Cortés