Me cuesta trabajo quedarme dormido. El mayor problema no es ese. El mayor problema es que, al comentar este problema en público, llueven consejos no pedidos. ¿Has probado la melatonina? Sí. ¿Has intentado meditar? Sí. ¿Has probado dejar de ver el teléfono exactamente treinta minutos con catorce segundos antes de dormir? Sí. Juro que hasta lo cronometré con el celular. Supongo que todos debemos encontrar nuestras soluciones. La salvación es personal, pues.
Mis noches sin dormir empiezan igual. Me acuesto, cierro los ojos y no sucede nada. Cambio de posición.Nada. Pongo un poco de ruido blanco en la computadora. Tampoco. Entonces me desespero, prendo la lámpara de la mesita de noche y abro un libro. Casi nunca funciona. Me pico y paso las páginas hasta que me arden los ojos. Quizás el remedio para mi insomnio, es un libro de Guillermo Arriaga. Nunca lo sabremos.Salgo al balcón y respiro el siempre frío aire de la ciudad. Todo mal. Me doy por vencido y me siento frente a la computadora.
“Ahora sí voy a escribir el cuento que cambiará la literatura mexicana para siempre. Ya verán todos”. Escribo un par de cuartillas. Síganlo esperando, porque cuando releo las cuartillas me percato de que he escrito la secuencia de palabras más aburrida que ha dado la literatura mexicana. Pienso en El Quijote y esa frase de Cervantes: “Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”. Ni hablar. La siguiente noche de insomnio será la buena. Lo prometo.
Hay un sonido que me arrulla: voces conversando. Cuando era pequeño, mi padre me llevaba a cenas de trabajo que terminaban tarde. Cuando me daba sueño, pedía permiso para dormir en el sillón más cercano.Así aprendí a dormir con risotadas, gritos y brindis. Aún me gusta dormir en sillones cercanos al comedor. Mi madre no se quedaba atrás. Invitaba a su amigas al departamento y, cuando iba a mi cuarto, seguía escuchando las dulces voces de aquellas mujeres.
Ahora no sucede eso. Una de mis tías duerme con la televisión prendida. Un día pensé en probar ese método. Tenía que escoger una serie que ya hubiera visto para no picarme y querer verla. Hay una serie en Netflix que se llama Archer que vi por primera vez hace cinco años. Es una sátira animada de James Bond.
Todas las noches (salvo cuando duermo acompañado, porque lo cortés no debe estar únicamente en el apellido), desde hace cuatro años, pongo la serie. Conozco los diálogos a la perfección. Escuchar a los personajes me hace sentir que hay gente a la que quiero conversando. “Infancia es destino”, frase atribuida a Freud.
La gran desventura de este texto: tengo miedo de que quiten la serie de Netflix. Si alguien que me lee es un importante ejecutivo de la compañía, quisiera suplicarle que no lo haga. No quiero perder la mente. Quiero escribir ese cuento que les comentaba.
– Santino Cortés