En el edificio donde vives está llorando una anciana.
En la calle por donde paseas está pasando vergüenza un hombre.
En el mismo planeta donde habitas están decapitando a un niño.
Estamos programados genéticamente para sentir compasión. Para ver escenas así, paralizarnos, ser empáticos y estremecernos.
Si paramos y pensamos tendríamos que saltar todos por la ventana.
Pero no lo hacemos.
Hace años, cuando comencé a ser menos niño y más persona, vi algo en un telediario: un hombre se agazapaba junto a su hijo en medio de un tiroteo. Era una época en la que aún no íbamos todos con una cámara en el bolsillo y donde el periodismo de guerra lo llevaban a cabo personas con muy poco miedo y muchísima vocación.
De pronto, una bala alcanzaba al niño y su padre lo seguía sosteniendo, ya muerto, mientras intentaba esquivar las balas que seguían cayendo sobre ellos. Estoy seguro de que muchos de vosotros recordaréis estas imágenes tan bien como yo. Era una imagen terrible; creo que lo más terrible que había visto hasta la fecha.
De pronto, el telediario pasó a la siguiente noticia. Una entrega de premios.
Tres segundos.
Ese fue el tiempo que transcurrió entre una y otra noticia.
Eso fue lo que pasó entre el horror más abominable y una entrega de premios.
Hoy, ese tiempo se ha acortado y ya no son tres segundos. Es muchísimo menos.
Estamos locos. Nos han vuelto locos. No es nuestra culpa pero creo que hemos perdido la cabeza.
Vemos niños que se han quemado vivos y un golpe de pulgar nos muestra imágenes del concierto de Taylor Swift. Y el dolor desaparece, se esfuma y da paso a lo siguiente, que ya no duele.
El horror que estamos viendo estos días ya no pesa. Se evapora.
Incluso se convierte en una imagen bastante atractiva creada por IA que se hace ultra viral.
Creo que lo mejor que podemos hacer es no esconder o endulzar el terror.
Mostrar a nuestros hijos el monstruo en el que a veces se convierte el hombre.
Educarlos en pararse a pensar, mirar al terror a los ojos y sentir el dolor ajeno como propio.
La empatía como forma de vida.
Porque así quizás, cuando ellos crezcan y tomen decisiones, se lo piensen dos veces antes de generarlo.