Tengo una relación de amor-odio con los coches.

Mi padre siempre ha sido un absoluto enamorado —se puede decir sin miedo a equivocarse que ha sido coleccionista— y de pequeño, muchos de mis fines de semana consistían en ir a lavarlos a un garaje en la calle Clara del Rey de Madrid, donde los tenía aparcados. Recuerdo que los dejábamos tan limpios que te podías ver literalmente reflejado en el motor.

Esto hace que, cuando veo un coche de colección por la calle, aunque reconozco su belleza, me acuerde de esas mañanas noventeras en las que, mientras mis amigos montaban en bici, yo le sacaba brillo con un trapo al alternador de un Porsche 911 que jamás conduciría.

De la manera de enfocar ese hobbie suyo aprendí que si tienes pasión por lo que haces, lo que opine el resto del mundo te va a importar más bien poco y muy poca gente te va a poder vencer.

Y mi padre siempre ha sido invencible.


En México hay bastantes otakus y me parece algo maravilloso y acojonante.

¿Sabes lo que son? Yo te lo puedo explicar por encima, pero si no sabes lo que es un otaku, te recomiendo ver algún video.

Básicamente son personas MUY aficionadas al anime, el manga, los videojuegos y la cultura de Japón. Tanto, que han acabado actuando, hablando y vistiendo en su vida real como si fuesen un personaje manga.

Ya me han vendido un par de cafés dos otakus de unos veinte años y la experiencia es absolutamente mind blowing. Se tocan la cabeza, dudan, miran hacia un lado…

Los seres humanos somos fascinantes, ¿verdad?


El otro día, en un puerto, tuve una conversación de unos quince minutos con un hombre. Hablamos de su perro, un chihuahua del que yo bromeé que iba a raptar. Nos reímos juntos, fue bastante evidente que nos caímos bien y creo que, si viviésemos en el mismo lugar, hubiésemos sido grandes amigos.

Cuando llegó el momento de despedirnos, tuve la certeza absoluta de que no nos íbamos a volver a ver nunca.

Jamás.

En la vida.

Y así se lo hice saber.

Él, que pareció estar de acuerdo, mientras nos dábamos la mano, me dijo:

«A veces, un ratito es más importante que un añito entero.»

Y así pienso vivir lo que queda de verano: a ratitos.

                                                                                                                                 - Jaime Rodríguez

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