Crónica de la 98.ª Edición de los Óscares

La nonagésima octava edición de los Premios Oscar (o los Óscares, como les decimos por acá) ha llegado y, por primera vez en mucho tiempo, salgo de la transmisión con una satisfacción genuina, casi redentora. No fue la noche perfecta —nunca lo son—, pero por fin los premios se sintieron merecidos en su mayoría, sin esa avalancha de agendas políticas que suele opacar el arte.

Hubo solo un par de chispazos inevitables: Javier Bardem, con esa solemnidad que le sale natural, soltando un rotundo “No a la guerra” y “Palestina libre” en su paso por el escenario; y Conan O’Brien, quien en su monólogo de apertura clavó una daga con gracia irlandesa al notar que no había actores ingleses nominados, pero “al menos allá sí encierran en la cárcel a sus pedófilos”. Punto. El resto fue cine, y de calidad.

Las decepciones y lo predecible.

Si hablamos de decepciones contenidas, ahí está Frankenstein de Guillermo del Toro llevándose tres estatuillas: Mejor Vestuario, Mejor Maquillaje y Mejor Diseño de Producción. Nadie discute que esos rubros eran suyos por derecho propio —la cinta es un festín visual gótico, denso y barroco—, pero también es innegable que esos fueron prácticamente los únicos valores que realmente tenía la película. Del Toro, maestro indiscutible del oficio, se conformó con pulir la superficie mientras el guion y la narrativa se quedaban en un limbo que no llegó a emocionar ni a perturbar como sus mejores obras. Tres Óscares técnicos para un film que necesitaba más alma que artificio. Así son las cosas a veces.

Hubo también ganadores sumamente predecibles: James Cameron con su Avatar III fue laureado por Mejores Efectos Especiales; y es que, cuando se trata de esta categoría y hay una Avatar entre los nominados, la competencia no existe. Por otro lado, el premio a Mejor Sonido fue para la cinta F1… siempre se los dan a las películas donde intervienen vehículos de todo tipo.

El fenómeno K-Pop y el triunfo del terror.

Donde sí hubo júbilo sin reservas fue con K-Pop Demon Hunters, esa bestia animada que arrasó con Mejor Película Animada y Mejor Canción Original (“Golden”, un himno que ya es parte del zeitgeist global). Maravilloso. La cinta no solo es un prodigio técnico y estilístico —mezcla de animación fluida, coreografías imposibles y narrativa adictiva—, sino que representa un salto cuántico para el género animado mainstream. Que una producción con raíces en el K-pop, demonios y resiliencia emocional se lleve dos estatuillas doradas es una victoria cultural que trasciende Hollywood. Bien merecido.

El terror, sin lugar a dudas, fue el género ganador de esta noche. En Amy Madigan vimos representado su ícono, pues se llevó el premio a Mejor Actriz de Reparto por su inmejorable interpretación de la extravagante y siniestra Tía Gladys. Sinners y Frankenstein fueron otras dos cintas del género que se adueñaron de la noche.

El ascenso de Jordan y la gloria de PTA.

Luego vino Sinners, la película más nominada en la historia reciente de la Academia, llevándose cuatro galardones pesados: Mejor Banda Sonora, Mejor Guion Original, Mejor Fotografía y, el que más ruido hizo, Mejor Actor para Michael B. Jordan. Este le arrebató el premio a Timothée Chalamet en una de las categorías más competidas. Jordan no solo interpretó a los gemelos Smoke y Stack con una dualidad magnética, sino que entregó una actuación que combinaba carisma, furia contenida y vulnerabilidad. Chalamet se quedó con las ganas, pero el “robo” fue legítimo: Jordan se coronó como un actor de verdad, no solo como una estrella.

Y entonces llegó la noche de Paul Thomas Anderson. Sin anestesia, se llevó cinco estatuillas monumentales con One Battle After Another: Mejor Casting, Mejor Actor de Reparto (para un Sean Penn ausente), Mejor Guion Adaptado, Mejor Director y la guinda del pastel, Mejor Película. Fue el cierre que el cine estadounidense necesitaba. PTA, después de décadas de maestría sin el reconocimiento máximo, por fin tiene su estatuilla como director y productor. La cinta es un tapiz brutal, introspectivo y épico, con un elenco que respira química y eleva todo a otro nivel gracias a Teyana Taylor, Benicio del Toro, Leonardo DiCaprio y el corazón latente de la cinta: Chase Infiniti.

Conclusión

En resumen, los Óscares 2026 no fueron un desfile de corrección política ni un circo de sorpresas forzadas. Fueron una celebración del cine que arriesga y que emociona. Hubo fallos, pero en general la satisfacción es alta. De esas que te hacen decir: “Valió la pena perderse la pelea de Alfredo Adame vs. Carlos Trejo (aunque, la verdad, también la vi)”.

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