El fondo de la red

“Apóstoles Balompié” es un equipo de fútbol 6 que juega los martes en la Alberca Olímpica. Está conformado por catorce amigos que estudiaron comunicación en la Universidad Iberoamericana. Ha jugado media temporada. Para ser exactos seis partidos, porque se inscribió tarde a la liga, después del mundial. Ha perdido esos seis partidos recibiendo más goles de los que me gustaría admitir. En ese equipo soy portero.

La portería no me es ajena. Desde pequeño fui torpe con las piernas. Se me enredan y me tropiezo con facilidad. Sin embargo, siempre he sido hábil con las manos. Jugué tenis un tiempo y, cuando invariablemente me tocaba jugar fútbol en la escuela, prefería ser arquero. El primer partido en el que fui guardameta fue en primaria. Segundo “A” contra segundo “B”. El clásico por excelencia de cualquier primaria mexicana. El honor en juego. Yo era del “A”. Algún compañero cuyo nombre no recuerdo dispara desde afuera del área. No pienso demasiado y me arrojo, extendiendo la espalda y el brazo derecho. Golpe en la mano. Suena la campana y el recreo terminó. Niños sudorosos me abrazan y soy feliz. Hay un extraño placer en impedir que alguien más se quede con nuestra alegría.

Mi carrera como arquero continuó en los recreos y en algunas retas en parques de la Colonia del Valle. En preparatoria mi cuerpo comenzó a cambiar aceleradamente y mis brazos se hicieron demasiado largos para un tronco que aún no se estiraba. Llegaba con facilidad a muchos disparos. Con varios amigos hicimos un equipo y competimos como los “Fast Riders”. El nombre surgió porque el día que debíamos debutar aún no teníamos uniforme. Salimos y encontramos un local de venta de ropa a bajo costo. Necesitábamos 12 playeras talla M. La única playera de la que había tantas era una con un estampado de auto en llamas al frente. Arriba del auto decía “Fast Rider”. Así nos llamamos. Defendiendo la portería de aquel equipo me abrí la frente cuando salté y la incrusté en el travesaño. Pero el balón no entró.

El oficio de la portería es solitario. Los demás corren y corren mientras que uno debe seguir un punto blanco a distancia. Cuando el punto se acerca en los pies de un rival la sangre sube y los nervios se agitan. Después viene el disparo. Camus, que fue portero, decía “aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”. Cuando el balón sale de la bota contraria obedece a normas que no comprendo. Me arrojo y estiro el cuerpo hacia donde parece que estará. Me arrojo aunque sepa que no alcanzaré a rechazar el balón y se ahogará en la red ante la mirada desesperada de mis amigos. Uno nunca sabe, quizás el balón tome curva y la punta de mis dedos logré mandarlo a córner. Pero nunca dejar de arrojarse. Es un acto de fe.

Después, si el balón entró, hay que sacarlo del fondo y empezar de nuevo. Buena parte de mi vida ha transcurrido mientras camino a sacar un balón del final de una red.

– Santino Cortés

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