Estar alojado en un hotel de la ciudad en la que naciste es raro.
Si encima se trata del lugar en el que vives –y mueres cada día– la cosa se pone mucho más interesante.
Lo que pasa es que es el Ritz.
Desde hace unas semanas, habréis notado que estoy haciendo una colaboración con uno de los mejores hoteles del mundo; emulando a Roald Dahl, escribo pequeños relatos de ficción que han podido ocurrir dentro de las paredes de este edificio Belle Époque que siempre me ha recordado a la tarta de la boda que nunca tendré.
Todo empezó cuando @elisapalma___, Digital Marketing Manager, leyó mi última novela, “El libro de Miguel”. En ella, Jota, el protagonista, se esconde del mal durante semanas, en una de las habitaciones de este edificio que empezó a ser hotel por y para la boda de Alfonso XIII en 1.906.
Claro que había dormido alguna vez en algún hotel de Madrid; más de una, siendo casi un adolescente, cuando aún vivía en casa de mis padres y necesitaba aprender a usar una cama para cosas mucho más divertidas que dormir.
Pero no era el Ritz.
«Jaime, ahora que estás haciendo una colaboración con nosotros, tienes que probar el hotel», me dijo Elisaeste verano.
No lo dudé ni un segundo.
Entré el domingo para comer y salí el lunes por la mañana, con la sensación de que nunca en la vida —y mira que he estado en hoteles— me habían tratado así.
«¿Desea algo más, Jaime?».
El lujo es que te llamen por tu nombre.
Aunque comí con mi madre ya que sabía que le iba a hacer mucha ilusión, decidí pasar el resto del día solo, conociendo el edificio, tomando algún cocktail en Pictura —su fascinante bar—y bañándome en el spa.
Allí me acordé de mi abuela, a la que le encantaba tomar café bajo su gran cúpula.
Para cenar, como si de Macaulay Culkin en “Solo en casa 2” se tratase, tiré de Room service, vi la tele y comí un Sandwich Club que estaba para llorar.
Luego, dormí sin más compañía que la historia de sus paredes.
A la mañana siguiente, al salir, sentí que despertaba de un sueño.
El Ritz no es solo un hotel extraordinario. Es un hotel para gente extraordinaria.
O al menos así me hicieron sentir a mí por unas horas.
- Jaime Rodríguez