El maleficio del destino

Un 23 de octubre de 2011, en la redacción de un periódico en la que trabajaba mi padre, fue la primera y última vez que lo vi. Su cabellera asomándose por el borde del casco, tendido a mitad de una pista, con su traje blanco y rojo. Unos metros delante de él, estaba su motocicleta despedazada. Alrededor suyo, las motocicletas que le perseguían esquivaban como podían lo que unos instantes antes había sido Marco Simoncelli.

El destino es extraño y tiene sus caprichos. Manejar una motocicleta de carreras en la categoría más alta (MotoGP), involucra domar una bestia de 180 kilos que se dispara a velocidades de hasta 360 kilómetros por hora. Pongámoslo en términos digeribles. En un segundo, la aceleración de una de estas motocicletas tiene la capacidad de cruzar un campo de fútbol. La única defensa entre el asfalto y la fibra de carbono de la bestia es un cuerpo humano.

Los huesos humanos se fracturan con un golpe de 50 kilómetros por hora. Es decir, quien decide domar una bestia tan veloz es casi un suicida. El buen piloto no es el que no se cae; es el que aprende a caer. Si un piloto puede controlar su caída y deslizarse, las bolsas de aire de su traje evitan las fracturas y el casco la muerte. Otra cosa: lo que diferencia al mejor piloto del buen piloto es que el primero no tiene miedo a caer si la maniobra le permite adelantar a otro.

Muchos de los grandes pilotos de MotoGP han sido italianos. Valentino Rossi, Giacomo Agostini, Max Biaggi. Sin embargo, hubo uno, el más temerario de todos, el más talentoso de todos, que quedó en el camino. Corría sobre una moto Honda RC212V color blanco, con un patrocinio rojo de la marca San Carlo y portaba el número 58. Marco ganó su primer campeonato mundial sobre una motocicleta en el circuito de Sepang en Malasia, en la categoría previa a MotoGP. La primera carrera que terminó en su vida fue en Sepang. El calor no parecía molestarle, parecía sacar su lado más agresivo, más hambriento.

Cuando por fin pudo subirse a una motocicleta que acelera a 360 kilómetros por hora, perdió la forma. Se caía una y otra vez. No terminaba carreras. Chocaba con colegas y lo tildaban de incompetente. Su primera temporada fue un fiasco. Ninguna derrota es definitiva. Simoncelli pudo domar la bestia y la temporada siguiente peleó por su lugar en los podios. El buen piloto aprende a caer. En el gran premio de Phillip Island quedó segundo. Champaña para todos. El siguiente gran premio era en Sepang, lugar predilecto de Marco.La carrera fue un 23 de octubre de 2011.

El mejor piloto es aquel que no tiene miedo de hacer la maniobra necesaria para adelantar. Marco arranca desde el quinto puesto. Para el inicio de la segunda vuelta estaba en cuarto. En una curva posicionó la motocicleta para adelantar a dos pilotos, quedaría segundo después de la maniobra. Perdió el control de la Honda blanca. Yo lo veía en la redacción donde trabajaba mi padre junto a quienes trabajaban en la sección de deportes. Marco Simoncelli estaba tendido en la pista, inerte. Su cabellera asomándose por el borde del casco. Quizás escogió morir peleando donde tocó la gloria, intentando recuperarla.

– Santino Cortés

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