A muchos nos dijeron que éramos “los líderes del mañana”. La frase sonaba bonita, casi heroica. La escuchábamos en universidades y foros juveniles, como si el futuro fuera una sala de espera donde algún día nos entregarían las llaves del país. Pero ese mañana nunca termina de llegar. Repetir que los jóvenes son el futuro se ha vuelto una forma cómoda de no preguntarse qué lugar ocupan hoy.
Hubo una etapa en la que hablar de política, desigualdad o justicia social no se sentía como una pose, sino como una urgencia. Había algo genuino en esa energía: la idea de que el país podía ser distinto y que nos tocaba empujarlo. Creíamos que preocuparse por lo público era una forma de responsabilidad.
Con el tiempo, algo se fue apagando. No porque los problemas desaparecieran, sino porque la vida empezó a cobrar factura. El trabajo, la renta, la inseguridad y la sensación de que nada cambia ocuparon el espacio que antes tenían las grandes causas. La política seguía ahí, pero más lejos.
Por eso me cuesta creer cuando se dice que los jóvenes son apáticos. En México, muchas veces no estamos frente a una generación indiferente, sino frente a una generación cansada: cansada de escuchar que es el futuro mientras se le niega poder en el presente; cansada de aparecer en discursos, pero no en presupuestos.
Pero ese cansancio no puede explicarse solo como una crisis de ánimo. Tiene que ver con las condiciones concretas desde las que se pide participar. Participar cuesta: tiempo, energía, estabilidad y confianza. No basta con pedirle a una persona joven que vote o proponga si su principal preocupación es llegar a fin de mes. En un país donde más de la mitad de la población ocupada trabaja en la informalidad, pedir participación sin mirar la calidad del empleo es quedarse en la superficie.
Una persona joven puede tener ideas y voluntad, pero si entra a la vida adulta con trabajos inestables, su margen para participar se reduce. No por falta de conciencia, sino por falta de piso. La pregunta no es por qué muchos jóvenes no participan, sino quién puede darse el lujo de hacerlo.
También habría que decirlo: a los jóvenes se les pide participar, pero muchas veces no se les deja ocupar ningún espacio con poder. En la calle, estorban; en la protesta, exageran; en los foros, decoran; en las instituciones, “todavía les falta experiencia”. Se les invita a hablar, pero no siempre a decidir.
El problema no es que falten foros juveniles. De hecho, foros sobran. Lo que falta son rutas para que esas conversaciones no mueran en la foto final: quién recibe las propuestas, qué autoridad responde y mediante qué seguimiento. Sin eso, la participación se vuelve escenografía: jóvenes hablando, autoridades escuchando y decisiones tomadas en otra parte.
Por eso, si queremos que más jóvenes participen, la respuesta no puede ser solo motivacional. No basta con campañas bonitas o cuentas institucionales en TikTok. Lo importante es construir espacios donde participar tenga consecuencias visibles: propuestas con respuesta, consultas con seguimiento y lugares reales de decisión.
Quizá el primer paso sea abandonar la frase cómoda de “los líderes del mañana”. Los jóvenes no necesitan que se les prometa un futuro abstracto; necesitan condiciones para construir presente. Necesitan espacios públicos, institucionales y de decisión donde su presencia no sea decorativa. México no necesita jóvenes usados como símbolo. Necesita jóvenes con voz y poder para decidir.
— Joshua Soriano Fernández