Para Emilia
Un amigo se sienta en el balcón de la casa. Prende un cigarrillo y destapa una cerveza. Lo primero que me dice es: “Quizás el único sentido de la vida es el placer”. Si lo pienso con detenimiento, puede que tenga razón. Por lo menos, le doy el beneficio del pensamiento. La vida en sí, tiene su origen en el placer: el orgasmo. Petite mort (pequeña muerte), dirían los franceses para añadir ironía al propio principio del todo.“El principio del placer”, lo llamaría José Emilio Pacheco.
Otro amigo acaba de tener una bebé. Lo visito y, mientras bebemos una cerveza, observo al diminuto ser vivo que descansa en su cuna. Ser vivo producto del placer perseguido. Su torso, del tamaño de mi palma, se levanta rítmicamente pumpapumpapumpa. Es como si antes de que la bebé lo sepa, su cuerpo supiera que algún día bailará a un ritmo similar. Mientras duerme alza los brazos de repente, como quien sabe que algún día sentirá el vértigo en la boca del estómago en una montaña rusa. Su cuerpo está viviendo mucho antes de que ella sepa que lo hace.
La observamos juntos. La pequeña persecución del placer que es cada sorbo a la cerveza me ha puesto las orejas coloradas y me siento ligeramente eufórico. La bebé hace una mueca. Las comisuras de sus labios se alzan hacia arriba y muestra sus encías aún despobladas antes de hacer un breve sonido que se asemeja a un suspiro. Ella, sonriente, aún no entiende lo que es la alegría, pero su cuerpo entiende que será una expresión a la que tendrá que acostumbrarse. Una sensación que perseguirá y la guiará hasta que, en muchos años, cuando hace tiempo los gusanos hayan hecho de mis manos abono, ella comience a ser su alimento.
En el balcón, con el primer amigo mencionado, escuchamos música. La reacción automática de mi cuerpo es mover la cabeza al ritmo de un bajo. He perseguido el placer de sentir ese bajo en mis entrañas. Siempre intentando replicar ese pumpapumpapumpa que alguna vez experimenté sin saberlo en la cuna que tenían mis padres. Así, he terminado en sitios de piso pegajoso y perfumes grotescos. Así, he priorizado repetir aquella sensación originaria en estadios llenos de humo mientras algún sujeto canta canciones que, cuando mi persecución llegue a su punto más alto y origine vida, serán canciones de cuna.
El segundo amigo y yo seguimos observando a la bebé. Hace unos minutos estaba llorando. Solamente logró calmarse cuando le puso una lámpara que cambia de colores encima. Ella las mira, atenta. En esta ciudad,las estrellas no suelen verse, por el momento, son las estrellas que ella conoce. Su cerebro, que hace un millón de conexiones neuronales por segundo, entiende que aquello arriba de ella, brilla y es de colores. Un día querrá perseguir eso y se tumbará en un pastizal mirando al cielo, esperando que aparezca una aurora boreal. El placer, si lo pienso, es principio y final. Los pequeños ojos de esta bebé que descansa frente a mi empiezan a intuirlo.
– Santino Cortés