La política ambiental de la resignación

Durante la década de 1980, la degradación de la capa de ozono se convirtió en una de las principales preocupaciones del planeta. La amenaza era seria: el deterioro de esta barrera atmosférica aumentaba la exposición a la radiación ultravioleta y ponía en riesgo ecosistemas, actividades productivas y la salud humana. Sin embargo, la respuesta parecía relativamente clara. Los científicos identificaron las sustancias responsables, los gobiernos limitaron su uso y la comunidad internacional coordinó esfuerzos para evitar que el problema alcanzara un punto de no retorno. Décadas después, la recuperación gradual de la capa de ozono suele citarse como uno de los mayores éxitos de la política ambiental moderna. Más allá de los detalles técnicos, aquel episodio reflejaba una convicción que durante mucho tiempo definió la política ambiental: los problemas ambientales podían identificarse, corregirse y, sobre todo, prevenirse antes de convertirse en una crisis irreversible.

Durante buena parte del siglo XX, esa lógica orientó las políticas ambientales. La pregunta inicial era relativamente sencilla: ¿cómo proteger la naturaleza de los efectos de la actividad humana? La contaminación de ríos y ciudades, la degradación de ecosistemas o la pérdida de biodiversidad fueron abordadas desde esa perspectiva. Con el tiempo, la pregunta comenzó a cambiar. La llegada del desarrollo sostenible desplazó el debate hacia la búsqueda de un equilibrio entre crecimiento económico y conservación ambiental. Más tarde, el cambio climático volvió a reorganizar las prioridades. La atención dejó de centrarse en la protección de bosques, ríos o especies y pasó a enfocarse en emisiones, energía y descarbonización. Aunque los problemas eran distintos, la lógica seguía siendo la misma: actuar en el presente para evitar una crisis futura.

Sin embargo, basta revisar cualquier discusión reciente sobre medio ambiente para notar un cambio. Junto a las metas de reducción de emisiones han comenzado a aparecer otras palabras: adaptación, resiliencia, transición o transformación.A primera vista podría parecer un simple cambio de vocabulario, pero detrás de estos conceptos hay una modificación más profunda. Este cambio no es únicamente discursivo. Diversas investigaciones han señalado cómo conceptos como resiliencia, adaptación y transformación han adquirido un papel cada vez más relevante dentro de las estrategias climáticas contemporáneas, reflejando una creciente preocupación por gestionar los impactos del cambio climático además de intentar prevenirlos. Si durante décadas la política ambiental estuvo guiada por la idea de que una crisis podía evitarse, los nuevos enfoques parten de una premisa distinta: la crisis ya está aquí. El cambio climático ha dejado de ser únicamente una advertencia sobre el futuro para convertirse en una condición del presente.

Y ese cambio importa porque transforma la naturaleza misma de la acción pública. Durante décadas, las políticas ambientales buscaron actuar sobre las causas del problema: reducir emisiones, transformar los sistemas energéticos o modificar los patrones de producción y consumo. La adaptación responde a una lógica distinta. Su objetivo principal es reducir las vulnerabilidades y gestionar los impactos. Construir infraestructura más resistente, rediseñar ciudades para soportar olas de calor o preparar comunidades frente a inundaciones son medidas necesarias, pero reflejan un desplazamiento importante: la atención comienza a moverse desde las causas de la crisis hacia sus consecuencias. En El Bosque, un pueblo pesquero de Tabasco, ese desplazamiento dejó de ser una idea abstracta. Desde 2019, el mar ha avanzado sobre la costa hasta borrar 200 metros de tierra. Ninguna obra de contención llegó a tiempo, y en noviembre de 2023 decenas de familias tuvieron que huir de sus casas en plena noche, bajo la lluvia. Lo que siguió no fue un plan para detener el avance del agua, sino la promesa de una reubicación: aceptar que ese territorio ya no puede salvarse y decidir, en cambio, hacia dónde reconstruir la vida de quienes lo habitaban.

El desplazamiento de las causas hacia las consecuencias tiene, en El Bosque, su versión más literal: personas que ya no pueden quedarse donde estaban. Y ese mismo giro, a otra escala, también modifica la forma en que imaginamos el futuro. Durante décadas, la política ambiental estuvo marcada por la convicción de que todavía era posible evitar una crisis. Hoy, cada vez más, parte de la discusión gira alrededor de cómo reducir daños y gestionar impactos que se consideran inevitables. No se trata simplemente de un cambio técnico. Cambia aquello que creemos posible lograr. Ya no se trata únicamente de cambiar el rumbo, sino también de aprender a navegar las consecuencias.

La protección de la capa de ozono representó una política orientada a evitar una crisis antes de que ocurriera. El cambio climático parece estar empujándonos hacia una lógica distinta. Frente a incendios, sequías, inundaciones y temperaturas récord, cada vez más esfuerzos se concentran en reducir vulnerabilidades y adaptarse a impactos que se consideran inevitables. La pregunta ha cambiado varias veces. Primero fue cómo proteger la naturaleza. Después, cómo compatibilizar desarrollo y conservación. Más tarde, cómo evitar el cambio climático. Y ahora, cada vez más, cómo vivir en un mundo transformado por él.

Durante décadas actuamos bajo la convicción de que aún era posible evitar la crisis. Hoy dedicamos cada vez más esfuerzos a prepararnos para ella. La adaptación puede ser una respuesta necesaria frente a una realidad innegable. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿en qué momento aprender a vivir con una crisis deja de ser una estrategia de supervivencia y comienza a convertirse en una forma de resignación? Porque una cosa es adaptarse a una realidad cambiante. Otra muy distinta es asumir que ya no puede cambiarse.

Joshua Fernández

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