Los inconvenientes de romper un mueble

Hace unos años viví en Miami. Ciudad de Lamborghinis y torres altas. La anterior descripción podrá sonar reduccionista, pero es conveniente para esta historia. En aquella época había terminado la preparatoria y ayudaba a mis familiares a limpiar casas para ganarme unos cuantos dólares. Ya saben para un par de cervezas en mi bar favorito: el Bob’s de North Beach.

Durante el verano, un amigo fue a visitarme. Como yo salía a trabajar, él se aburría mucho en la casa. Un día que fuimos a la playa me preguntó cuánto ganaba por casa que limpiaba. Revelé la cifra. Me pidió que lo llevara a trabajar conmigo. Debo admitir que el aburrimiento no fue lo único que impulsó esa decisión. Los fondos que su madre había autorizado para el viaje disminuían. Culpa de las cervezas.

Llamé a Kevin, el hombre que conseguía los trabajos de limpieza. De inmediato mandó uno. Nuestra primera limpieza fue en un condominio de dos pisos. El suelo era de loza color azul grisáceo. Al centro, dividiendo los dos edificios que conformaban el condominio, había una larga piscina. Lavamos el piso con fruición y de vez en cuando nos tirábamos agua con una manguera. Reímos mucho. Nos pagaron bastante.

Al terminar, decidimos celebrar la paga con unas cervezas. Fuimos al Bob’s. Bebimos muchas cervezas y tragos de vodka con limón y gastamos 50 dólares en la rocola. Decidimos que lo mejor era trabajar a diario e ir al bar cada dos días. Seguimos limpiando casas y yendo al bar.

Un día me marcó Kevin para ofrecernos el trabajo más jugoso hasta el momento. 800 dólares por sacar un sofá de un departamento en una de las lujosas torres de Brickell. “Cueste lo que cueste. No me importa si lo rompes o te lo llevas. Necesita estar fuera”. Llegamos al edificio. Afuera había dos Lamborghinis y un empleado nos preguntó qué hacíamos allí. Explicamos la situación y nos dijeron que por nuestra vestimenta no podíamos subir por el elevador principal, teníamos que usar el de servicio.

Cuando llegamos al departamento, nos dimos cuenta que el sofá era Versace. Sacando cuentas, si lográbamos venderlo por internet podríamos dejar de trabajar una semana entera. Intentamos sacarlo de todas las formas posibles. No lo logramos. Decidimos romperlo con nuestras únicas herramientas: un par de destornilladores y un martillo. Una pequeña derrota. Cuando íbamos de regreso a la casa, me marcó Kevin y me dijo que no nos podía pagar lo prometido porque dejamos astillas en el suelo. Además habían cobrado una multa por el ruido. Nuestra paga se redujo a 200 dólares. Apenas para la comida de la semana.

Cansados, salimos a caminar. Cuando pasamos frente al bar, un bartender nos preguntó por qué no pasábamos. Le explicamos que no teníamos dinero. Sonrió y nos dijo que él invitaba un par de cervezas. El Papa Francisco decía que el trabajo dignifica la vida. Esa noche un par de cervezas dignificaron la vida.

– Santino Cortés

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