He perdido, roto y me han robado unos nueve celulares. Me molesta por algo más allá de las cada vez más grandes sumas de dinero que cuestan. La molestia consiste en que es muy traumático perder un celular.
Esta es la imaginaria historia del noveno celular que dejé de poseer. Imaginemos que alguien encuentra mi celular, adivina mi contraseña y lo primero que se pone a hacer es pedirle dinero a todas las personas que allí se esconden. Por supuesto, esa sería la primera preocupación del afortunado que “encontró” mi teléfono cuando metió discretamente su mano en mi bolsillo.
Si eso no es suficientemente traumático, hay que visitar Telcel. Mientras la ansiedad pulveriza mi hígado, una sonriente trabajadora pregunta si tengo un seguro que proteja mi celular contra robos. Para mis adentros digo: “Señora, tengo que poner recargas de 150 pesos cada semana, por supuesto que no pagué eso”. Pero simplemente niego con la cabeza. Ya quedamos en que lo cortés no está únicamente en el apellido. Ella me dice que no me puede ayudar entonces. Lo único que puede hacer es darme un pequeño chip con mi número de teléfono.
Lo aún más traumático: todo esto sucede en Parque Delta. Si ustedes tienen la fortuna de no haber visitado este centro comercial, los felicito, pero haré una breve descripción. Para entrar por uno de los costados, se tiene que cruzar un pasadizo gris que recuerda a un gulag por varios metros. A los lados del pasadizo hay pantallas gigantescas que anuncian alguna tarjeta de crédito y después un champú. Al terminar, se llega a un espacio abierto cuyo centro siempre está invadido por un automóvil que nadie compra. Me estoy poniendo nervioso de sólo escribirlo. Me detendré.
Una vez con el chip que es mi número telefónico en la mano, me dispongo a enfrentarme al verdadero trauma. Decirle a mi mamá que no pueden hacer nada y que necesito dinero para comprar un celular. Mirada fulminante. Siento que la sangre me abandona el rostro. Empezó a cuestionar mis capacidades de cuidar un teléfono (no la juzgo, recordemos que es el noveno que, de una forma u otra, dejo de tener). Poco le importa que cite a Zenón de Citio. Le explico: “Mamá, pero no pasa nada. Zenon dijo que ‘ninguna pérdida debe sernos más sensible que la del tiempo, puesto que es irreparable’”.
Mirada aún más fulminante. Debería estar muerto. No lo estoy, entonces mi madre accede a prestarme dinero para comprar un celular seminuevo en el Mixup que aún prevalece en la sucursal del infierno que es Parque Delta. Accede tras una larga serie de negociaciones en las que palidecería Henry Kissinger. Me endeudo con mi madre. Pobre de ella. Compro el teléfono. El regreso es terrible. Mi madre y yo nos sentamos en silencio en el metrobús. Le quiero dar las gracias pero está molesta.
Esto no me volverá a suceder. Aún no le pago a mi mamá. Estoy ahorrando para el seguro.
– Santino Cortés