El hombre salió del Museo del Prado con calma, como si lo que hubiese acabado de hacer no hubiese ocurrido jamás.
«Nadie te ha visto, relájate y sigue caminando».
Llevaba años planeándolo.; imaginando cómo sería. A veces lo disfrutaba y lo paladeaba. Otras –la mayoría de ellas– le había costado días sin dormir.
Con paso rápido, tomó el Paseo del Prado y, al pasar por delante de la fuente de Neptuno, notó la mirada del Dios marino como una losa de una tonelada sobre su nuca.
Al entrar en el Ritz, sintió cierto alivio.
«Ya está; ya lo has hecho. Lo has conseguido. parecía imposible pero ya lo tienes».
Mientras entraba en el ascensor que le llevaría a su habitación, aún algo nervioso pero manteniendo la compostura, recordó cómo había bajado esta mañana, en ese mismo ascensor.
La cosa había sido rápida; a las diez, con el Museo recién abierto, fue la primera persona que accedió al edificio. Se dirigió directamente a la sala treinta y seis, se plantó delante de la minúscula obra —no más grande que un brick de leche—, esperó a que la vigilante de la sala cambiase de sentido de su marcha, cogió la pintura con seguridad y la metió en la bandolera que colgaba de su hombro.
Con decisión, emprendió el camino de vuelta hacia la salida. Mientras andaba, como tantas veces había ensayado, metió la mano en la bolsa y localizó en el reverso del pequeño lienzo. Pellizcó la tira de seguridad que activaría el sistema de alarma en la salida, la despegó y la tiró en una de las papeleras del Museo.
Su padre siempre se lo había dicho:
«En el pequeño auto retrato que Goya pintó en 1.825 está la prueba de todo».
Al entrar en la habitación, escuchó las primeras sirenas.
«Han sido rápidos–pensó– tengo poco tiempo».
Colocó el cuadro en la mesa, sacó el bote de decapante y empezó a aplicarlo sobre el cuello del pintor. Nunca en su vida había sentido esa impaciencia.
— ¡Abra la puerta!
Y entonces, tras eliminar la primera capa de pintura, lo vio. En el cuello de Goya, un colgante. Y en el colgante, una inscripción.
Mientras la policía se abalanzaba sobre él, sonrió y suspiró.
«Soy sangre de su sangre. Soy Goya. Y soy asquerosamente rico».
- Mandarin Oriental Ritz, Madrid x Jaime Rodríguez