Segundo vaniloquio de un profeta menor

—El cielo en todas partes es el mismo. Se extiende, kilométrico, por sobre las cabezas de quienes tenemos la desfortuna de habitar este mundo. Si se le ve desde un sitio alto, es interminable. Si se le ve desde una frontera, parece que le da lo mismo, pues los muros que tanto nos esmeramos en levantar solamente rigen para nosotros. No rigen para los animales, que nacen de un lado del muro y terminan en el otro. No rigen para los virus que pudren los pulmones de quienes los respiran.

Las reglas del muro solamente existen para nosotros, que tenemos conciencia, que decidimos obedecer cada una de las reglas que se nos imponen, porque la anarquía sería peor. Al cielo poco le importa lo que sucede debajo suyo. Sigue extendiéndose, cambiando de color de acuerdo al sol. Se le puede ver con su majadera indiferencia hasta cuando se escapa de él. No hay nada que haga una distinción entre el cielo azul que encierra las moléculas necesarias para que la vida brote y el espacio oscuro e infinito.

Eso lo han demostrado los cohetes con los que desesperadamente intentamos escapar de un infierno construido, ladrillo a ladrillo, automóvil a automóvil, plástico a plástico, por nosotros mismos. Esos cohetes solamente se elevan hasta que el cielo deja de ser azul y se convierte en un oscuro ente carente de oxígeno y piedad. Visto así, los pedazos de tierra y cúmulos de gas que son los planetas son una extensión del cielo terráqueo. La arrogancia humana nos permite llegar a esa conclusión. Todo nos pertenece, pues el cielo en todas partes es el mismo.

Cuando terminemos de contaminar el último mililitro de agua potable y todos los reinos de la vida mueran de sed, el cielo seguirá allí. Observándonos, manteniéndonos en su prisión de oxígenohidrógenonitrógenoargóndióxidodecarbonoyvapordeagua. Le dará lo mismo que, a sus pies, se construyan muros y rascacielos y fábricas y se haga el amor y se respire y se muera y se mate y se odie. El cielo lloverá agua ácida y radioactiva, se cubrirá de humo negro, tapará la luz del sol y congelará lo que una vez fueron bosques y playas. Seguirá ahí. Y nosotros, a sus faldas, seguiremos amando hasta el último minuto, hasta que el sol se oculte por última vez frente al iris del último de nosotros.— Dijo el profeta en medio de su borrachera.

– Santino Cortés

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