La primera vez que vi El Golpe yo tendría unos diez años. Lo hice en una tele de tubo, en un VHS alquilado y con mis padres a los lados intentando enseñarme lo que era el buen cine y mirándome de vez en cuando para ver si lo que veía me gustaba.
Y vaya si me gustaba.
Al parecer, a la mañana siguiente, la volví a ver. Y, esa tarde, la vi otra vez más. (Sí, los niños, en los 90, veíamos las pelis una y otra vez hasta que las desgastábamos).
Creo que inmediatamente después vino Memorias de África, Dos hombres y un destino y ese tipo rubio no salió nunca jamás de mi cabeza.
Yo quería ser Robert.
Quería ser el tipo más elegante de la fiesta pero a la vez el más dejado. Quería ser el malo que —en el fondo— es el más bueno.
El que se iba con la tía más lista. Más guapa también. Pero, antes, lista.
Quería tener a un Paul Newman en mi vida: un amigo inseparable con el que hacer nuestra la ciudad y comérnosla por los pies. Quería llevar mis ideales a mi trabajo y expresar a través de mi arte lo que siento y pienso de la vida.
Quería ser Robert: saber lo que es el cielo pero haberla cagado varias veces. Redford rechazó papeles que le hubiesen hecho aún más grande como El Padrino o El graduado. Quería ser él: un ecologista comprometido. Un tipo que, aunque no nos lo creamos, era más de chimenea y vino que de smoking y Dom Pérignon.
Yo quería ser Robert: el más glamuroso pero a la vez el que mejor se ríe de la pompa de Hollywood. Yo quería tener su pelo y su mandíbula.
Brillar sin querer. Encantar sin pretenderlo. Ser mejor por la única razón de ser auténtico.
Yo quería ser Robert. Sigo queriendo serlo y nunca dejaré de hacerlo porque en el camino me lo paso muy bien.
Sé que nunca voy a llegar a ser como él, pero es un espejo en el que me gusta mirarme.
Sin él, siento que la llama del glamour tal y como yo lo entiendo, pierde mucha fuerza. Es una llamita ya. Una lucecita tenue, apenas.
En nuestras manos está el que vuelva a brillar con fuerza.
Y si no, habremos tenido a Robert.
- Jaime Rodríguez