Es jueves.
Veo un texto en cualquier lado:
“Barcelona no se explica: se respira”.
Creado por IA.
Otro:
“La muerte no llega; se desborda”.
IA, de nuevo.
Esta forma de negación inmediata ante una afirmación que acabamos de hacer es muy típica de la IA.
“París no se visita: se vive.”
“No es televisión. Es NETFLIX.”
Lo veo en vallas publicitarias y lo veo en algunos de vuestros perfiles. Lo veo en los textos que grandes marcas utilizan en sus publicaciones de Instagram y lo leo en estúpidas newsletters que recibo a diario. Incluso lo estoy empezando a oír hasta en la maldita televisión.
Hay muchas más señales de que un texto ha sido creado por una inteligencia artificial –más sutiles, menos obvias– y cuando las detecto, el mensaje que intentan transmitir se va por el desagüe.
Porque lo artificial nunca va a ser tan profundo como lo real.
Un violín.
Quemarte la lengua con unas albóndigas.
Un grito ahogado de dolor en una sala de teatro.
Un trago a una copa de Matarromera.
El ruido de las puntas de ballet golpeando contra el linóleo.
Un polvo suave.
Un texto con alguna errataa.
Óleo sobre lienzo.
Una herida en la rodilla.
El sonido del chisporroteo de un cigarro al ser fumado por un actor.
Un corte de sashimi.
Lamer la piel.
Creo que es el principio de una nueva era paralela: con el auge de lo artificial vuelve lo real y vamos a empezar a ser selectivos con las tareas en las que empleamos nuestro tiempo.
Estoy convencido de que con el boom de las inteligencias artificiales llega un nuevo contra-boom: el de las cosas reales, hechas a mano y con el corazón.
Uno de cada diez videos que ves en la red social que estás usando ahora mismo, es falso. Cuando sean siete de cada diez, estoy seguro de que vas a dejar de usarla.
Bienvenido a la app más importante que tienes: tus ojos.
Saluda a la nueva actualización de tu lengua.
Lee los DMs de tus oídos.
Y acepta la solicitud de amistad de tu piel.
Las cosas reales se van a poner de moda y van a ser cada vez más preciadas. Vais a ver como sí.
Y tened esto claro:
Antes lo más valioso era el tiempo.
Ahora lo más valioso es la verdad.
- Jaime Rodríguez