El duelo por la vida que imaginabas

Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación,
tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.
— Viktor Frankl

Cuando pensamos en un duelo, solemos imaginar la muerte de un ser querido. Sin embargo, existen pérdidas que pasan desapercibidas porque no se ven, nadie las nombra y, por lo tanto, pocas veces reciben el permiso de ser lloradas.

También se vive un duelo cuando la vida no toma el rumbo que imaginábamos.

Hay quienes soñaban con formar una familia y descubren que no será posible. Otros imaginaban una carrera profesional distinta, una relación que duraría para siempre o un futuro en el que la salud, la estabilidad económica o los planes simplemente serían diferentes. A veces el duelo no es por lo que se perdió, sino por aquello que nunca llegó.

Estos son los llamados duelos ambiguos o duelos no reconocidos. La psicóloga e investigadora Pauline Boss, pionera en el estudio de este fenómeno, explica que las pérdidas que carecen de un cierre claro suelen ser de las más difíciles de elaborar, precisamente porque no existen rituales sociales que las validen. Cuando nadie reconoce una pérdida, también resulta más difícil permitirse vivir el duelo.

Aunque pocas veces hablamos de ello, la realidad es que la mayoría de las personas experimentará, a lo largo de su vida, uno o varios acontecimientos que cambiarán profundamente el rumbo de sus planes: una enfermedad, un divorcio, la infertilidad, la pérdida de un empleo, una discapacidad, una crisis económica o cualquier situación que obligue a reconstruir el futuro que alguna vez imaginó.

Con frecuencia, las personas intentan minimizar ese sufrimiento diciéndose: “Hay gente que está peor”, “Debería agradecer lo que tengo” o “Ya supéralo”. Aunque la gratitud es valiosa, no reemplaza la necesidad de elaborar una pérdida. Negar el dolor no lo hace desaparecer; únicamente lo vuelve más silencioso y difícil de procesar.

Aceptar un duelo significa reconocer que una versión de nuestra historia terminó y que necesitamos tiempo para despedirnos de ella. Solo entonces podemos abrir espacio para escribir una nueva.

Si hoy estás atravesando un duelo por la vida que imaginabas, quizá estas recomendaciones puedan ayudarte:

  • Date permiso de sentir. No minimices tu dolor diciéndote que “podría ser peor”. Tus emociones no necesitan compararse con las de nadie para ser legítimas.
  • Deja de pelear con la realidad. Aceptar no significa que te guste lo ocurrido; significa reconocer dónde estás para poder decidir hacia dónde quieres caminar.
  • No compares tu vida con el calendario de los demás. Cada persona enfrenta circunstancias distintas. El hecho de que tu historia sea diferente no la hace menos valiosa.
  •  Pregunta “¿qué sigue?” en lugar de “¿por qué a mí?”. Tal vez no puedas recuperar el plan que perdiste, pero sí construir uno nuevo con los recursos que hoy tienes.
  • Busca apoyo. Hablar con personas de confianza o con un profesional de la salud mental puede ayudarte a elaborar esta pérdida sin cargarla en soledad.


Con frecuencia, quienes llegan a terapia no sufren únicamente por lo que les pasó, sino porque siguen comparando su realidad con la vida que creían que tendrían a esta edad. Esa comparación suele alimentar culpa, vergüenza y la sensación de haber fracasado, cuando en realidad la vida rara vez sigue el guion que imaginamos.

La salud mental también consiste en aprender a reconciliarnos con la incertidumbre y descubrir que nuestro valor no depende de cumplir un calendario ni de alcanzar todas las metas que alguna vez nos propusimos.

Puede que la vida que soñabas ya no exista. Y eso merece ser llorado.

Pero también es posible que la vida que aún no conoces tenga espacio para nuevas formas de amor, de propósito y de alegría. No serán las que imaginaste hace años, pero pueden convertirse en una historia igualmente valiosa.

“Que todo te suceda: la belleza y el terror.
Solo sigue adelante.
Ningún sentimiento es definitivo.”
— Rainer Maria Rilke

Caro Hernández

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