Se suele decir que las madres pueden con todo: cuidan, educan, trabajan y sostienen un hogar sin descuidar a su familia. Aunque esta frase pretende reconocer su fortaleza, también normaliza una realidad profundamente desigual: la carga económica, emocional, física y social que implica concentrar todas esas responsabilidades en una sola persona.
Cuando una mujer asume por completo la crianza de sus hijas e hijos y, además, se convierte en el principal sustento económico de su hogar, no solo enfrenta múltiples desafíos cotidianos; también carga con un estigma social. Con frecuencia es juzgada por no encajar en el modelo tradicional de familia o por no responder al supuesto “deber ser”. Esa es la realidad de millones de mexicanas que, por violencia, separación, divorcio, viudez, abandono o por decisión propia, se convirtieron en jefas de familia.
De acuerdo con el INEGI, en 2022 México contaba con aproximadamente 56 millones de mujeres, de las cuales el 67 % eran madres. Dentro de ese grupo, el 11 % se identificó como madre soltera, lo que representa más de cuatro millones de mujeres. Para dimensionar esta cifra, basta señalar que supera la población total que tenía el estado de Guerrero en 2020.
La mayoría de estas mujeres se encontraba en edad económicamente activa y el 97 % trabajaba al momento de ser entrevistada. De ellas, el 2 % era empleadora; otro 2 % realizaba trabajo no remunerado; el 18 % trabajaba por cuenta propia; y el 78 % restante era trabajadora subordinada y remunerada. Sin embargo, únicamente el 70 % contaba con prestaciones laborales. En cuanto a su nivel educativo, el 40 % había cursado estudios de nivel medio superior o superior; el 37 % contaba con secundaria concluida; y el 23 % tenía estudios de primaria o secundaria.
Estas cifras demuestran que la maternidad en soltería no está relacionada con la falta de preparación ni con la ausencia de esfuerzo. Por el contrario, evidencian que millones de mujeres estudian, trabajan y sostienen a sus familias mientras enfrentan barreras estructurales que limitan su acceso a empleos dignos, dificultan la conciliación entre la vida laboral y la crianza, y las colocan en una situación de mayor vulnerabilidad económica y social.
Por ello, el debate no debe centrarse en juzgar las decisiones personales de las mujeres ni en cuestionar la conformación de sus familias. La verdadera discusión debe orientarse a construir políticas públicas que garanticen la corresponsabilidad en los cuidados, el acceso a servicios de cuidado infantil, la igualdad salarial, empleos con prestaciones y horarios compatibles con la crianza, así como mecanismos eficaces para asegurar que los padres cumplan con sus obligaciones.
La maternidad no necesita compasión ni estereotipos. Necesita respeto, igualdad de oportunidades y un Estado que entienda que cuidar también es un trabajo indispensable para el desarrollo del país. Mientras la sociedad siga considerando normal que una mujer sostenga sola un hogar, la igualdad seguirá siendo una promesa pendiente.
María Elena Orantes
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