Gobernar fuera del manual

No todo lo que hace funcionar a un programa público aparece en sus reglas, formatos o convocatorias. En el papel puede haber requisitos claros, fechas definidas y procedimientos ordenados. Pero, cuando ese programa llega a la vida real, empiezan las preguntas que casi nunca caben en el manual: qué pasa si un documento no coincide, si la plataforma falla, si el módulo no responde, si el caso no entra bien en el formato o si nadie explica con claridad el siguiente paso.

Ahí aparece una zona menos visible para el público; no es exactamente ausencia del Estado, pero tampoco es solo el Estado funcionando según sus propias reglas. Es una mezcla de criterios prácticos, interpretaciones, canales no oficiales de información, acompañamientos y ajustes cotidianos que permiten que una política opere. En términos más técnicos, a eso podríamos llamarlo gobernanza informal.

La palabra puede sonar lejana, pero la experiencia es bastante común. Ocurre cuando acceder a un apoyo no depende únicamente de cumplir requisitos, sino también de entender cómo se mueve el procedimiento: cuándo registrarse, qué comprobante sirve, qué oficina corresponde, qué error se puede corregir o qué explicación circula mejor por WhatsAppque por la página oficial. Lo informal no siempre busca saltarse la regla; muchas veces aparece porque la regla, por sí sola, no alcanza para resolver todos los casos.

Esa es su primera cara: la utilidad. Una persona servidora pública que explica lo que la plataforma no aclara, una organización que acompaña a quien no entiende el trámite, una escuela que orienta a una familia o una comunidad que comparte información pueden acercar derechos que, sin esa mediación, quedarían lejos. La gobernanza informal, vista así, no necesariamente niega lo público. A veces lo hace posible.

Pero esa misma utilidad muestra su fragilidad. Cuando el acceso depende de quién explica, quién interpreta o quién comparte información, la ruta deja de ser igual para todos. Dos personas pueden cumplir los mismos requisitos y, aun así, no tener la misma posibilidad de ejercerlos: una sabe dónde preguntar; otra no. Una tiene tiempo para insistir; otra trabaja todo el día. Una entiende el lenguaje administrativo; otra abandona el proceso antes de llegar al final.

Con el tiempo, lo que parecía una solución práctica puede volverse parte del sistema. Si cada registro necesita orientación extra, si cada error requiere encontrar a alguien que “sepa cómo moverlo”, si cada apoyo depende de información que circula fuera del canal oficial, entonces ya no estamos ante casos aislados. Estamos ante una forma repetida de funcionamiento público. Lo informal deja de ser parche y empieza a parecer rutina.

Ahí la discusión deja de ser administrativa y se vuelve política. La desigualdad no aparece solo en quién recibe un apoyo, sino en quién logra entender el camino para pedirlo. Un Estado puede tener programas, padrones y reglas, pero si acceder a ellos exige experiencia, acompañamiento o traducción permanente, la igualdad formal se vuelve frágil. El derecho existe, pero su ejercicio depende de capacidades que no están distribuidas de manera pareja.

Reconocer esa capa informal no significa desconfiar de quienes median. Al contrario: muchas veces mantienen viva la promesa de lo público. Ninguna regla puede prever todos los casos ni toda política funciona sin criterio, adaptación y acompañamiento. Precisamente por eso, esos arreglos cotidianos no deberían verse solo como parches, sino también como señales: muestran dónde el diseño institucional no alcanza y dónde la política pública podría mejorar.

Ahí hay una posibilidad importante. Cuando una práctica informal se repite, funciona y acerca derechos, puede dejar de vivir en la sombra y convertirse en aprendizaje institucional. Una explicación que siempre se da por fuera puede volverse información oficial clara. Una ruta que las comunidades ya conocen puede integrarse al procedimiento. Una mediación que hoy depende de buena voluntad puede reconocerse, financiarse y ordenarse mejor. Formalizar no tendría que significar endurecer; también puede significar aprender de lo que ya funciona.

Gobernar fuera del manual puede servir para responder a lo que la regla no vio. El reto es que esos aprendizajes no se queden únicamente en manos de quienes resuelven desde los márgenes. Si los arreglos informales ayudan a que un apoyo llegue, que un trámite avance o que un derecho se ejerza, entonces el Estado debería observarlos con más atención. A veces, las mejores pistas para mejorar una política pública no están en el escritorio donde se diseñó, sino en los caminos que la gente inventó para poder usarla.

Joshua Fernández

Compartir:

Artículos relacionados