La primera vez que le pedí salir a una chica lo hice a través del teléfono fijo de casa de mis padres.
Yo tendría unos quince años y aproveché uno de esos momentos en los que no había nadie en el salón. Yo no tenía teléfono en mi habitación y, si querías privacidad, tenías que ser selectivo.
Recuerdo que descolgué, marqué y al otro lado, alguien –probablemente su madre– lo cogió.
– Hola, soy Jaime ¿se puede poner Cristina?
– Sí, claro ahora se pone.
Aún puedo sentir los nervios.
– Hola, Cristina. ¿Quieres salir conmigo?
– Sí.
Y colgamos.
Fue así de rápido y surrealista.
A partir de ese día, nuestras conversaciones telefónicas fueron creciendo y pronto se convirtieron en larguísimas charlas. Yo tenía que elegir el teléfono de la habitación que estuviese vacía; cocina, salón, o cuarto de mis padres. Y si alguien entraba donde yo estaba, tenía que cambiar de escenario.
A veces alguien de mi casa descolgaba; puede que fuese mi madre reclamando el uso del aparato o mi hermano para molestar.
Aunque no recuerdo el contenido de esas conversaciones, creo que me enamoré del formato para siempre.
Hay algo único en la forma en la que hablamos cuando lo hacemos por teléfono: la conversación se centra al cien por cien en la palabra y nada entorpece la charla; no hay miradas, no hay gestos y no hay olores y no hay tacto.
Es la palabra y nada más.
Cuando llegaron los teléfonos móviles, los mensajes y las notas de voz, yo seguí usando la llamada y no he dejado de hacerlo nunca. He tenido conversaciones deliciosas, largas y que me han cambiado la forma de ver la vida a través del teléfono y, si me conoces, sabes que es muy normal que, a la hora menos esperada de cualquier día de la semana te llame mientras paseo por Madrid.
– ¿Qué tal?
No dejo de oír a personas –incluso de mi misma edad– que tienen fobia a hablar por teléfono y pánico a las llamadas. Exigen que, si les vas a llamar, prepares esa interacción con mensajes previos y advierten de que es posible que no te lo cojan.
No es más que otra señal de que, si no paramos esto, cada vez nos vamos a volver cada vez más raros y huidizos.
Y creedme: si perdemos el placer de conversar, lo habremos perdido todo.
- Jaime Rodríguez