En 2023, mientras Javier Milei avanzaba hacia la presidencia de Argentina, gran parte de la batalla política se libraba en redes sociales. Detrás de ese ecosistema digital aparecía una figura poco conocida fuera de ciertos círculos políticos: Fernando Cerimedo. Diversas investigaciones periodísticas documentaron su papel en estrategias de amplificación digital, comunidades coordinadas en redes y campañas destinadas a influir en la conversación pública. Más allá de las preferencias ideológicas de cada lector, el caso argentino ofrece una ventana para entender una transformación más amplia: la manera en que la inteligencia artificial, los algoritmos y los sistemas automatizados están modificando las campañas electorales contemporáneas.
Cuando se habla del impacto de la inteligencia artificial (IA) en la democracia, la atención suele concentrarse en los deepfakes: esos videos falsos capaces de mostrar a candidatos diciendo o haciendo cosas que nunca ocurrieron. Sin embargo, enfocar el debate exclusivamente en ellos puede hacernos perder de vista una transformación mucho más profunda. El verdadero desafío está en la capacidad de la IA para personalizar mensajes, amplificar narrativas y modificar los entornos informativos donde los ciudadanos forman sus opiniones políticas.
Sería un error atribuir a la IA la responsabilidad de la polarización contemporánea. Las democracias han convivido históricamente con desacuerdos ideológicos, campañas negativas y divisiones sociales profundas. Además, la polarización actual no se limita a diferencias sobre políticas públicas, sino que adopta una dimensión afectiva: los ciudadanos desarrollan sentimientos de desconfianza, rechazo e incluso hostilidad hacia quienes apoyan opciones distintas. La polarización no nació con ChatGPT; ya estaba presente mucho antes de que la IA irrumpiera en el debate público.
La verdadera novedad radica en la manera en que estas tecnologías transforman la infraestructura de la comunicación política. Durante décadas, las campañas dependieron de equipos amplios de estrategas, redactores, diseñadores y productores audiovisuales. Generar mensajes para distintos segmentos requería tiempo, recursos y una capacidad organizativa considerable. Hoy, la IA permite producir grandes cantidades de contenido en minutos, adaptar mensajes a públicos específicos y ajustar estrategias de forma prácticamente instantánea. La innovación no es ideológica; es organizacional. Lo que cambia no es tanto el contenido de la persuasión política como la capacidad para producirla y distribuirla a gran escala.
A esta transformación se suma otro fenómeno: la utilización de sistemas automatizados para amplificar discursos y posicionar temas en la conversación pública. Los bots no buscan únicamente convencer. También pueden alterar la percepción de relevancia y consenso dentro del debate político. Al multiplicar mensajes, inflar tendencias y aumentar artificialmente la visibilidad de ciertos asuntos, generan la impresión de que determinadas posiciones cuentan con un respaldo social mucho mayor del que realmente poseen. En otras palabras, modifican el entorno informativo en el que ocurre la persuasión política.
Esto es significativo porque las personas no forman sus opiniones únicamente a partir de argumentos racionales. También observan qué temas dominan la conversación pública, qué discursos parecen ganar terreno y qué posiciones aparentan ser socialmente aceptadas. Una narrativa no necesita ser verdadera ni siquiera mayoritaria para influir políticamente; basta con que parezca omnipresente. La combinación entre IA y automatización reduce drásticamente los costos de producir esa sensación de omnipresencia.
Esta capacidad de amplificación se vuelve aún más poderosa cuando se combina con los sistemas de personalización que organizan buena parte de la información que consumimos diariamente. Los algoritmos de recomendación favorecen la creación de entornos informativos cada vez más diferenciados. Estas cámaras de eco no generan por sí mismas la polarización, pero refuerzan actitudes preexistentes al priorizar contenidos consistentes con los intereses de cada usuario. El problema se agrava cuando esta personalización se combina con campañas masivas y redes automatizadas diseñadas para amplificar mensajes. El resultado no son simples cámaras de eco, sino auténticos ecosistemas políticos artificiales donde distintos grupos reciben versiones diferentes de la realidad.
En este contexto, dos ciudadanos pueden participar en la misma elección y, sin embargo, experimentar campañas completamente distintas. Cada uno recibe mensajes adaptados a sus intereses, interactúa con contenidos diferentes y percibe prioridades políticas distintas. Poco a poco, comienzan a habitar mundos informativos paralelos. No necesariamente porque estén expuestos a información falsa, sino porque reciben información diferente, priorizan problemas distintos y desarrollan percepciones divergentes sobre la realidad política. La consecuencia más preocupante no es únicamente la desinformación, sino la fragmentación progresiva de la conversación pública.
Aquí aparece una cuestión fundamental para cualquier democracia. Las sociedades democráticas no requieren unanimidad; de hecho, el desacuerdo es una condición normal e incluso deseable de la vida política. Lo que sí requieren es la existencia de espacios donde esos desacuerdos puedan discutirse. La deliberación democrática depende de que los ciudadanos compartan, al menos parcialmente, un entorno común de información y debate. Cuando las campañas hiperpersonalizadas, los algoritmos y las redes automatizadas contribuyen a fragmentar ese espacio, las condiciones para la deliberación se debilitan.
La IA no decidirá por sí sola el resultado de las próximas elecciones ni ha inventado las divisiones políticas que atraviesan nuestras sociedades. Sin embargo, está modificando las condiciones bajo las cuales los ciudadanos forman opiniones, interactúan con información política y participan en el debate público. El riesgo no radica únicamente en la posibilidad de fabricar mentiras más convincentes, sino en la capacidad de construir ecosistemas digitales donde los desacuerdos existentes se amplifican y los espacios compartidos de conversación se reducen. El desacuerdo es inherente a la democracia. Lo verdaderamente peligroso no es que los ciudadanos piensen distinto, sino que terminen habitando mundos paralelos donde desaparecen las referencias comunes necesarias para debatir esas diferencias. La democracia puede sobrevivir al desacuerdo; lo que difícilmente puede soportar es que sus ciudadanos dejen de compartir el mismo espacio público y queden atrapados en ecosistemas informativos cada vez más separados.
La IA no inventó la polarización, pero sí la acelera.
— Joshua Fernández