El perdón

El otro día alguien me pidió perdón por algo que hizo y me sentí profundamente honrado. Lo hizo a través de una llamada telefónica, ya que vive lejos. Él sabía que lo había hecho mal y yo llevaba semanas decepcionado.

Supongo que no lo pensó mucho; según me dijo, empezó a chapurrear un mensaje, finalmente lo borró y decidió llamar y hablar.

– Oye, perdóname.

Se me saltaron las lágrimas y le di las gracias, por lo menos, cinco veces.

– Gracias –le dije–. La astilla se estaba convirtiendo en espina.

También le dije que era valiente. Y que nuestra amistad –que para nada se había roto pero sí tambaleado– era más fuerte que nunca.

Pedir perdón: un acto valiente en el que uno deja ver sus errores y baja la cabeza.

Una palabra de seis letras llena de humildad en un mundo en el que el ego pesa más que nunca en toda la historia de la humanidad.

Mandar a tomar por culo el “yo, yo, yo” y ponerle una alfombra roja al “tú, tú, tú”.

No tener miedo a decir a los que queremos eso de “Te necesito”.

Levantar la mano y reconocer el error: un gesto de debilidad que encierra todo un océano de valentía y arrojo.

Dejar de pensar que eres el más listo para reconocer que a veces, eres tonto.

Yo intento hacerlo siempre que puedo, sin pensarlo mucho.

– Oye: perdóname por lo del otro día. No estuve a la altura y te fallé.

Pruébalo.

Si puedes, hazlo en persona: seguramente se lo estés diciendo a alguien al que quieres. Al hacerlo, fíjate en sus ojos. Observa su cara. Mira cómo cambia su boca y deleitate en cómo crece una sonrisa en ella.

Recuerda que es alguien al que quieres.

Disfrutalo; seguramente esa persona te agarré un hombro y te de las gracias. Lo mismo hasta te abraza.

Regocíjate en tu valentía.

No está de moda pedir perdón; nunca lo ha estado. Es un acto valiente, puro y destinado a unos pocos.

No somos vikingos y nuestro paso por esta vida no es el de un maldito emperador romano sanguinario y cruel.

No somos tan importantes, joder.

Somos personas normales que caminan, respiran, comen y se relacionan. Y puede que, de todas las cosas que podemos hacer a lo largo de un día, pedir perdón a alguien a quien hemos fallado sea de las más trascendentales.

                                                                                                                                 - Jaime Rodríguez

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